La trampa de la memoria histórica

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

Hace unos años, el profesor Diego Gracia publicó una biografía del maestro Laín Entralgo. Llevaba por título 'Voluntad de comprensión' y en ella describe la voluntad de reconciliación, integración y concordia que presidió la vida de Laín. En uno de los capítulos iniciales narra el impacto que supuso para él y sus compañeros universitarios asistir a un juicio sumarísimo y posterior fusilamiento en el otoño de 1936. Junto a Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar, Gonzalo Torrente Ballester y otros intelectuales que formaron la 'generación del 36' habían decidido luchar contra los desmanes políticos de la república colaborando con el departamento de propaganda del entonces General Franco.

Aquella experiencia fue determinante en su futuro profesional e intelectual porque se plantearon la posibilidad de construir una España integradora donde tuvieran cabida quienes piensan de forma de diferente. Esa voluntad de integración de quienes no estaban en su bando fue tan importante en sus vidas que este grupo de intelectuales fue rompiendo progresivamente con el régimen de Franco y el propio régimen no sólo les fue dando la espalda o los fue marginando, sino que los llegó a perseguir y encarcelar. Fueron determinantes las revueltas estudiantiles del 56 tras las cuales no sólo cesaron al Ministro de Educación Joaquín Ruíz Jiménez sino al propio Laín que también fue cesado como rector de la Universidad.

Cuenta el profesor Gracia que con el cese de Ruíz Jiménez y la caída en desgracia de los que entonces eran intelectuales falangistas heterodoxos se iniciaba el «espíritu de la transición». Y lo detalla en un momento en el que también aparecieron en escena un grupo de marxistas revolucionarios que adaptaron sus estrategias políticas a la coyuntura política. La biografía detalla con precisión cómo Laín, Ridruejo y sus compañeros fueron tachados de falangistas «liberales» y se produjo una aproximación cultural interesante entre los planteamientos demócrata-cristianos de unos y el marxismo de otros. Luego vendrían el Vaticano II, las conversaciones de Gredos y el proyecto cultural de 'Cuadernos para el diálogo' y la conversión de aquellos marxistas a la socialdemocracia. También publicaría Laín dos libros claves para entender la transición y que deberían ser libros de cabecera de quienes aspiren en nuestro país a ser diputados: 'A qué llamamos España' y 'Teoría y realidad del otro'.

Si las huestes de Casado y Rivera hubieran leído estos trabajos, es probable que no hubieran caído en la pérfida trampa que les han tendido desde la izquierda amnésica. En lugar de promover una memoria sanadora, con la reforma de la ley de la memoria histórica para sacar los restos de Franco, esta izquierda nos entretiene con una tumba trampa que alimenta el resentimiento y convierte la memoria histórica en una traumatizante memoria vengativa.

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