Tragedia de verano

Epstein ilustra la tragedia del villano todopoderoso que se cree por encima de las leyes y del poder terrenal

VICENTE GARRIDO

Este verano nos ha dejado un gran material para una serie trágica de televisión: la caída de Jeffrey Epstein, un magnate que alcanzó la cumbre y acabó suicidándose el pasado día 10, en el temido Centro Correccional Metropolitano de Nueva York, en medio de feroces críticas acerca de los fallos que se hicieron evidentes en torno a la seguridad del preso. A diferencia del infausto Bernie Madoff, que ostenta el récord de ser el mayor estafador de la historia (su fraude se estimó en 65.000 millones de dólares) y que como consecuencia cumple una condena de 150 años de cárcel, Epstein no tuvo valor para enfrentarse al calvario que le esperaba: su exposición pública como agresor sexual y el posterior cumplimiento de una pena de prisión que le hubiera dejado con escasas opciones de volver a pisar la calle.

Aunque el suicidio de Epstein no detendrá la investigación judicial es un clamor la rabia e indignación de las víctimas: confrontar al acusado en la sala de justicia es un derecho de quien se ha visto agredido por él. En este caso son numerosas las mujeres que no van a poder decirle a la cara que no tenía derecho alguno a someterlas sexualmente, que su poder e influencias no le conferían el privilegio de cosificarlas. Sin embargo, no todo está perdido: queda por ver si se procesa a Ghislaine Maxwell, su fiel compañera en los negocios y -tal y como parece por los testimonios de las denunciantes- en gestionar la logística de los abusos.

Epstein procedía de una familia humilde, pero poseía una ambición ilimitada y las cualidades narcisistas tan valoradas en las altas finanzas: una gran fe en sí mismo y esa impresión basada en sus encantos personales de saber expandir la riqueza y el ego de sus clientes; así que abandonó la universidad y se dedicó a gestionar el dinero de los demás. Su víctima propiciatoria fue Leslie Wexner, dueño de empresas como Victoria's Secret, a quien asesoró financieramente durante los años en que se hizo multimillonario, con mansiones en las Islas Vírgenes, Florida y Nueva York. Su arresto se produjo a pie de su avión privado de regreso de París.

Podía haber pagado a las prostitutas de lujo más exclusivas, pero a Epstein le interesaba más embaucar y someter a las chicas jóvenes que conocía en sus encuentros sociales. Su modus operandi consistía en solicitar masajes en espaldas y pies, para ir luego conquistando la voluntad mediante el miedo y la amenaza de males venideros, logrando diversos resultados con las chicas: desde abusos hasta violaciones. Epstein ilustra -como Madoff y otros del pasado- al villano todopoderoso que se cree por encima de las leyes y del poder terrenal y que, pudiendo vivir majestuosamente, incluso como adalides del bien común, eligen la senda de ahondar en los propios demonios, sacrificando para ello a las víctimas necesarias. Por fortuna, algunas veces no se salen con la suya.