El trabajo humano, al servicio de la vida

El trabajo humano, al servicio de la vida

El verdadero valor del trabajo se mide por su contribución al bien común, por responder a las necesidades básicas de las personas

Sin trabajo, la vida no parece viable. Es algo que nos configura como personas y construye la sociedad. Sin embargo, hoy es algo tan mal entendido y maltratado que se enfrenta a grandes dificultades para cumplir con su más alta aspiración: servir a la vida.

El trabajo ha quedado reducido a una variable económica, al empleo remunerado. Pero no es una simple mercancía, un recurso cualquiera. Es capacidad de la persona, es algo propio y constitutivo del ser humano. Para la Iglesia es un bien que debe ser defendido de concepciones reduccionistas, promovido y protegido por las instancias políticas y la sociedad civil.

El capitalismo reduce el trabajo a su dimensión económica, despojándolo de otras dimensiones fundamentales. Solo le interesa la dimensión monetaria del empleo. Desprecia su verdadero sentido y valor para el ser humano y para la vida social.

«El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas (...) solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra», dejó dicho san Juan Pablo II en la introducción a la encíclica Laborem excercens. De ahí la importancia de acceder a un trabajo decente «libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación», definió Benedicto XVI en Caritas in veritate (63), «porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida» subrayó Francisco en Evangelii gaudium (192).

Mediante el trabajo, la persona, efectivamente, puede responder a sus necesidades, siempre que la organización y las condiciones de trabajo sean las adecuadas. Cuando no es así genera pobreza, exclusión y desigualdad, pero también puede acarrear insatisfacción, desesperación y sinsentido.

El trabajo humaniza cuando se orienta a servir a la vida y la comunión social y, sobre todo, contribuye a realizar la vocación de la persona. El trabajo debe organizarse en función de la persona y no la persona en función del trabajo. Es siempre actividad personal y por eso siempre posee un gran valor y dignidad. El verdadero valor del trabajo se mide por su contribución al bien común, por responder a las necesidades básicas de las personas.

Pero el trabajo, tal y como lo entiende la Doctrina Social de la Iglesia tiene, además, una dimensión social y familiar. Es ámbito adecuado de intercambio de las distintas cualidades y capacidades de las personas, factor de encuentro, impulsor de relaciones humanas, etc... Está llamado a ser tarea comunitaria y ámbito de comunión. Es también uno de los fundamentos sobre los que se forma la vida familiar, que hace posible la formación, el mantenimiento y desarrollo de la familia.

Francisco lo ha dejado muy claro en una entrevista al diario Il Sole 24 ore, de la Confederación General de la Industria Italiana Confindustria: «Es importante trabajar juntos para construir el bien común y un nuevo humanismo del trabajo, promover un trabajo respetuoso de la dignidad de la persona que no ve solo la ganancia o las exigencias productivas, sino que promueve una vida digna sabiendo que el bien de las personas y el bien de la empresa caminan juntas».

Así que debemos preguntarnos: ¿por qué trabajamos?, ¿para qué?, ¿qué reconocimiento, más allá de la remuneración, merece el esfuerzo de cada persona?, ¿cuáles son las condiciones laborales adecuadas para cada empleo? ¿Qué tipo de relaciones laborales debemos construir?, ¿qué derechos no contemplados hoy debemos reivindicar tanto para quienes tienen empleo como para los que carecen de él?, ¿qué logros debemos incentivar como sociedad y cómo deben ser repartidos?

El valor al que deben aspirar las empresas, según Francisco, es «hacer que el trabajo produzca más trabajo, que la responsabilidad cree más responsabilidad, que la esperanza cree más esperanza, sobre todo para las generaciones jóvenes, que hoy más que nunca tienen necesidad».

Fotos

Vídeos