¿Y EN QUÉ TRABAJAREMOS?

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Uno de los motivos de ansiedad y de inquietud ante el futuro tiene que ver con lo que genéricamente conocemos como robotización, la sustitución de miles, tal vez millones de empleos, por máquinas creadas por el hombre y cada vez más inteligentes. Pero al mismo tiempo, emerge como efecto indisociable -aunque seguramente no deseado- de la ola ecologista, el riesgo de que la necesaria protección de la naturaleza ponga en peligro otros tantos trabajos y que incluso sectores enteros de la producción se vean amenazados por la creciente conciencia ecologista. Es el caso de las obras públicas, cuyo daño en el entorno es evidente. Carreteras, autovías, ferrocarriles, embalses... cambian el territorio, lo transforman, suponen cicatrices permanentes e implican en el caso de los pantanos el traslado de poblaciones. O el de los equipamientos, infraestructuras e instalaciones necesarios para el buen funcionamiento de pueblos y ciudades, como depuradoras, vertederos, plantas de reciclaje, subestaciones eléctricas... Algunas de las voces que se alzan contra la contaminación del planeta y ya de paso rechazan el modelo capitalista de producción y consumo no han sido capaces hasta la fecha de ofrecer una alternativa creíble, razonable y sensata que además de garantizar la sostenibilidad medioambiental no reduzca el empleo ni condene a una mayoría de los ciudadanos a vivir con menos comodidades que en la actualidad. Si de lo global bajamos a lo local, comprobaremos que el partido que intenta apropiarse y rentabilizar la nueva ola, Compromís, vive cómodamente instalado en dicha contradicción, la de quien dice no a casi todo pero luego exige mantener el modelo de Estado del bienestar que sólo se puede sostener con una gran masa de población en activo que cotiza y paga sus impuestos. El proyecto de ampliación de la V-21 les parece mal porque en Valencia, dicen, no deben entrar más coches; la ampliación Norte del Puerto también es objeto de rechazo por su efecto sobre el litoral; los grandes eventos (excepto la capital del diseño) no son bien vistos porque representan otra época, otro modo de gobernar, un despilfarro intolerable; el turismo no puede seguir creciendo, las ciudades no deben ser colonizadas por los visitantes, los centros históricos no son unos parques temáticos; y a las grandes superficies no se les debe dejar abrir domingos y festivos porque, supuestamente, eso perjudica al pequeño comercio (como si no se pudiera comprar por internet). Las objeciones, obstáculos y hasta prohibiciones a proyectos y sectores están perfectamente definidas pero lo que sigue en una nebulosa es la alternativa, qué modelo económico ofrece Compromís para que los valencianos encuentren un trabajo. Un pequeño detalle sin importancia.