TÓRRIDO

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Piscinas públicas gratuitas, recomendaciones para soportar el calor o fruta helada para los habitantes del Bioparc. La llegada de los días más calurosos desde hace 150 años movilizó en Valencia a la espera de jornadas infernales, pero apenas vi empresas que dieran libre a los empleados que trabajan al aire libre: los que están en una obra, en un mercadillo callejero, repartiendo género o entregando cartas en los buzones. Sobre todo, cuando son falsos autónomos. En días como los pasados, no tenía ganas de cocinar pero me sobrepuse pensando en los repartidores que van en bicicleta. Sé que llamarles es darles trabajo y, por tanto, dinero y actividad, pero por otro lado, me suelo resistir bastante a usar esas aplicaciones de comida a domicilio por solidaridad, paradójicamente. A 40 grados, me parece criminal evitar la cocina por no sudar y que la comida me la traiga un pobre chico pedaleando a pleno sol. Para mí tiene algo de esclavitud. Yo no me muevo de una habitación refrigerada y tú me das de comer dejándote la vida achicharrado al sol.

Ahora que estamos acostumbrándonos a que todo nos lo traigan a casa: la comida, la compra, el desayuno, las medicinas, la ropa comprada en una web o un móvil nuevo, me da la sensación de que hemos recuperado un tipo de trabajos de semiesclavitud. Alguien hace lo que nosotros deberíamos asumir pero no queremos. Preferimos pagar antes que hacerlo. Entiendo que las pésimas condiciones en las que algunos trabajan no son culpa del cliente sino del empleador y que gracias a ese trabajo, puede vivir, pero no puedo evitar sentirme cómplice. Es un trabajo muy propio del mundo al que vamos -servicios, más que producción-, pero no deja de incomodarme y, aunque lo uso en ocasiones, en semanas tórridas como la anterior, mis principios no me lo permitían.