No me toquen el Caroche

No me toquen  el Caroche
Miguel Aparici navarro

La montaña del Caroche es como «la Penyagolosa del sur»; sólo que más bajita, aunque también supere los mil metros de altitud y sea por levante, como ésta, una peña «esvarosa». Es el pico que se ve desde La Ribera, cuando se mira a tierra adentro, asomando la testa por encima de la interpuesta Sierra del Caballón; que desvía al Júcar, en cóncavo, hacia Antella.

Es el asentamiento ibérico, de dos milenios y medio, de los clanes que se encaramaban a los peñascos cimeros de la Barcella y el Celemín para sentirse seguros y que, por el contrario, se bajaban hasta el alto paso del Collado, donde se abastecían de cristalina agua de manantial.

Es el pilón visible del aljibe gigantesco que geógrafos y geólogos describen como soberbio almacén y depósito de aguas de lluvias alisias; filtradas hasta las entrañas subterráneas por entre las diaclasas y simas kársticas de la calcita carbonatada.

Es el hito central del viejo sueño transzonal carretero, del interno Valle de Ayora a la intermedia Canal de Navarrés; sobre la comarcal iniciada en el espectacular puente barranquero de Teresa de Cofrentes, que quedó para siempre inacabada al alcanzar el alto y bello mirador de La Cuesta Blanca.

Es el emblema de los Sáez Merino, cuyos antepasados millarencos trajinaron con mulos sus tejidos ambulantes por los pueblos colindantes; antes de ser marca de 'jeans' y embutirnos en sus Lois o hacernos soñar con sus Caroche, colgados en la boutique de El Corte Inglés.

Es el recinto espectacular de uno de los mejores, más bellos y sanos, campamentos estivales de montaña de la histórica Organización Juvenil Española; que pervivía entrados los años 70.

Es la plataforma del maquis, nuestro típico sotobosque mediterráneo de acompañamiento al pinar y al carrascal; con nombre de etimología francesa, que engloba en un mismo hato al romero, la aliaga, el brezo, el espliego, la jara, el enebro, el lentisco, la coscoja, la sabina enana, el esparto, el tomillo...

Es la «pira funeraria» del caótico incendio de 1979, que regaló maná de cenizas a las calles veraniegas de la capital del Turia y, tres años después, sumó tierras sueltas, piedras estalladas y ramajes podados de pinos «extraídos» a la catástrofe barrosa del Tous del Júcar.

Es el emblema de La Valle de Ayora. La elevada y adelantada punta de navío desde la que el forestal que guarda el entorno, al salir de su radiotelegráfica caseta y emisora en mano, contempla los fuegos artificiales festivos de los pueblos costeros y atisba con sus prismáticos, de largo alcance, el cabotaje de los buques mercantes y los veleros.

Es el símbolo que monumentaliza la comarca despoblada de hoy. Agotada de central nucleica. Olvidada y a la traspuesta. Corredor fronterizo y castellológico a la que no quedan muros, murallones y murallas medievales que derribar a pico para, como en la capital en 1865, dar peonadas a los sin trabajo.

Pero en la que se ven apuntar múltiples promesas de golosas inversiones. Tan pocos, tan solos, tan lejos..., ¿quién se negará al negocio eólico? El nuevo Eldorado de las energías...

En algún sitio hay que implantar las hélices. Mejor en alto, para que el viento -que no es de nadie- las gire. Donde, antaño, anidaban sólo las miradas y los intereses ecológicos rurales.

Tiemblo..., tiemblo como rama del verdeante fresno en los regatos húmedos del roquedal ibérico.

La Sierra del Boquerón fue primero. En el horizonte que cubre a Jarafuel. Que se peinó, con raya alineada de molinillos venteros, toda su cresta.

Le siguieron los altos del linde albaceteño, a las cercanías de Alpera y Almansa; por coordenadas de la Sierra Palomera y la del Mugrón.

Y hace bien poco, se han posado sobre los pies sur de la sierra ayorense; cola meridional del carochino pico. Acogidos a la facilidad de la vieja ruta comarcal que transmontaba y se dejaba caer, después de refrescar en la corralada trashumante de La Matea, sobre la olivarera Enguera.

Tiemblo, aunque «se va» la nuclear de Cofrentes. Y no porque se queden cerca, bien enterrados, sus «restos mortales». Si no porque vienen más y más fuertes «ventoleras».

Porque La Valle ayorino-cofrentina está cambiando sus olivos y almendros perviventes por molinos. Y no de molienda de cereal, precisamente.

Quiera la historia que todo quede en lo que hasta ahora hay. Que no se agobie más a Don Quijote, con gigantes. Que domine definitivamente, ya al presente, su hermana «rastrera»: la fotovoltaica, de aplanados paneles solares. Acogible a más discretas medias laderas y a los mismos fondos de las tierras, por lo demás, incultivadas.

Porque en el Valle admitirán lo que sea. Mejor si viene con promesa de un millar de puestos de empleo. Que ya fueron milagro los años setenta, ¡y con más riesgos!

Cualquiera iba hoy a gritar (como si entonces fuera...): «¿Renovables?. No, gracias».