TOMATES NO APTOS PARA EL CONSUMO

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

La fiebre de corrección política que campa en tantísimos terrenos hizo que a algunas mentes bienpensantes se les cayera el velo de las dudas con la Tomatina de Buñol, para plantear que eso de tirarse tantas toneladas de tomates es un despilfarro alimentario, un atentado de lesa humanidad, un insulto a las conciencias, con tanta hambre que hay en el mundo.

Se les podría ocurrir preguntarse, por ejemplo, de dónde saldrá esa pasión en alza que cunde alrededor de la Tomatina, de modo que se ha tenido que limitar la afluencia de participantes, y aún así no paran de crecer las solicitudes de asistencia de televisiones de todo el mundo, al igual que no hay medio de comunicación que no atienda el evento con reportajes.

De igual forma cabría que quien más y quien menos se deshiciera en disquisiciones sobre el por qué de tan llamativa demostración de jolgorio, y que concienzudos sociólogos estudiaran si eso de batallar a tomatazos y embadurnarse de pulpa roja machacada tendrá alguna recóndita explicación razonable, o si alguien barrunta que pudiera caber relación lejana con postulados de Freud, o tan sólo se trata de algo más cercano y cotidiano: simples ansias de pasárselo en grande durante un buen rato, con ánimos de simular transgresiones pero sin traspasar límites de corrección; en realidad, una fiesta singular que acaba en las duchas.

Pero no, a los que le buscan tres pies al gato les dio por poner en cuestión la Tomatina por el lado del supuesto despilfarro alimentario, que es asunto que está de moda con rango de alcance internacional.

Y entonces ocurrió que alguien de la organización, o del ayuntamiento, o de los festeros, o de los productores que proveen la materia prima, se puso a aclarar que no, que no hay despilfarro alimentario porque los tomates que se tiran ¡no son aptos para el consumo!

Acabáramos. El planteamiento esgrimido tiene su lógica por el lado de los defensores: sólo cabe esgrimir lo del desperdicio sobre algo que se pierde o estropea cuando se podría haber aprovechado, alimentando a quienes no prueban bocado. Sin embargo, en este caso, como se trata de tomates que, sobre el papel, no son aptos para el consumo, no hay pecado social de ninguna clase. Ni siquiera venial.

No obstante, en la explicación de la defensa puede encontrarse también argumento que nutra la munición del contrario. ¿Por qué no son aptos para el consumo esos tomates?, ¿qué les hace inapropiados para ser ingeridos? La única explicación plausible ha consistido en decir que no lo son porque están demasiado maduros y son sobrantes de la comercialización... Incluso alguna voz ha llegado a decir que si estarían cerca de comenzar a pudrirse. ¡Pare usted, maestro!, ¿cómo que podridos? Ni mucho menos. Simplemente son tomates 'pera' de los que habitualmente se producen para conserva. En este caso se cultivan en La Plana con la idea de que sobren esas 145 toneladas que acaban en las calles de Buñol. Y ya está. Ni se pierde nada ni nadie más se los podría comer. Pero, cuidado, no insistan en lo de que no son aptos para el consumo, no sea que a los tiquismiquis más ociosos les diera por preguntarse por su trazabilidad. ¿Con qué se abonan, con qué agua se riegan, con que fitosanitarios se tratan? Porque al fin y al cabo más de uno dará algún trago sin querer. O queriendo. Y a todos les embadurna su piel ese gazpacho final.