Tierra a la vista

El adelanto de las elecciones autonómicas tiene una perversión: olvida a la base de todo, tres diputaciones y 542 municipios

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Pues ya está, ya somos visibles. Con satisfacción, con orgullo incluso, doy las gracias a la sensibilidad del presidente Puig; porque a través de su convocatoria electoral me está haciendo singular y visible nuevamente, junto a cinco millones de convecinos. En una España en la que lo valenciano llevaba camino de perderse entre las sombras, por fin se oye gritar en Madrid: «¡Valencia a la vista!». Cuando la Constitución ha cumplido cuarenta años, es reconfortante descubrir que entre las muchas virtudes que tienen unas elecciones adelantadas, ésta, la de hacer singular y visible a un pueblo entero, es una de las más destacadas.

Nunca he creído que un catalán o un gallego tenga derecho a votar diputados para su autonomía en fecha separada que la de un murciano o un valenciano. No veo eso de las «nacionalidades históricas» porque todas las regiones de España son igualmente históricas y respetables. Entre los notables disparates que han ido jalonando el engorde del estado de las autonomías, éste, el de la disparidad de convocatorias electorales, siempre me ha parecido, además de poco práctico, bastante enojoso. Lo asimilo mal, aunque me cueste cargar con la cruz de centralista que ya me adjudicaba -era un honor- el presidente Lerma en los ochenta; cuando él gobernaba feliz sin la potestad de disolver las Cortes y los valencianos éramos invertebrados, además de invisibles.

No, no creo en derechos o prebendas singularizadas para una parte del pueblo, como no creo que los telediarios nacionales se sientan obligados a emitir minutos tasados sobre las elecciones autonómicas valencianas. Y sobre todo, no creo que haya sido un acierto político separarlas de las municipales, a las que entiendo que deben ir unidas por una elemental filosofía política.

En ese adelanto electoral es, sin embargo, donde mejor se ve la peligrosa deriva de las autonomías españolas, que quieren ser política nacional, que aspiran a hacer de las autonomías mini-naciones y viven más pendientes del barullo de la Carrera de San Jerónimo que de los problemas de nuestras calles, pueblos y territorio. ¿Para qué nacieron las autonomías?, cabe preguntarse tras la decisión de Puig. No fueron creadas para que hicieran picadillo del Estado sino, por el contrario, para que, en nombre del Estado, sirvieran mejor y más directamente a los ciudadanos. A través de las diputaciones y ayuntamientos, precisamente, que son la expresión administrativa más próxima a los electores.

Lo que estamos viendo, en cambio, es lo contrario. Por impulso del PSPV-PSOE, la Generalitat ha dejado atrás a las tres diputaciones y a los 542 municipios valencianos, se ha desvinculado del momento político más importante de la vida local, y ha decidido trazar su propio destino. Para girar en la galaxia de un Gobierno breve, inestable y mediocre que, siguiendo la mejor tradición política española, también ha ignorado las necesidades valencianas.