EN LOS TIEMPOS DEL WHATSAPP

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Empecé a pensar en esta idea por culpa de Zuculini. Comentando con mis compañeros de la sección de Deportes acerca de exvalencianistas que militan en las filas de River o de Boca -con la vista puesta en la final de Libertadores que se disputa mañana en el Bernabéu- salió su nombre junto con los de Enzo Pérez y Fernando Gago. ¿Zuculini?, pregunté al cabo del rato. ¿Quién es?, pero... ¿ese... ha jugado en Mestalla? Sí, lo ha hecho, aunque apenas 45 minutos. Esa es toda su aportación a los cien años de historia de la entidad blanquinegra. Pero es que ahora todo es muy rápido y efímero, de hoy para mañana, ahora estoy, ahora no estoy. El éxito se alcanza apenas con un partido bien jugado, aunque sea contra el Cacabelense B. Ha nacido una estrella, el nuevo ídolo de la afición. Pero tan rápido como sube, baja de repente. Con los entrenadores sucede exactamente igual. Se produce una sustitución en el banquillo, entra un nuevo técnico, gana un par de partidos, no más, dos, sólo dos, y tras la segunda victoria comienza el incensario, hay que ver cómo se nota la mano de fulanito, qué cambio le ha dado al equipo, es que es otro completamente diferente, ha acertado con la tecla, ahora sí que está cada futbolista en su sitio, el ambiente en el vestuario es otro, la plantilla está a muerte con él... Y total, porque ha ganado dos partidos seguidos. A continuación pierde dos encuentros y lo que eran alabanzas, loas, elogios, lisonjas y discursos de agradecimiento y veneración se convierten en críticas feroces, en guerra sin cuartel, el club va de mal en peor, no tiene ni idea de dirigir, el cargo le viene grande, los jugadores no le hacen ni caso, no tiene la confianza del presidente, está verde para dirigir un equipo así, le falta autoridad... Todo eso en una semana, dos partidos, miércoles y domingo, y pasas del altar al sótano, de estar a punto de ser canonizado en vida a la fosa común a la que se arrojan los despojos deportivos. El caso más reciente lo hemos visto con Solari, que de ser el nuevo Zidane ha visto como lo situaban casi al borde del despido mediático, pero la lista sería interminable. Me dirán que en la edad de internet, el Whatsapp y las redes sociales, cuando nos ponemos de los nervios si una aplicación tarda en abrirse diez segundos en lugar de dos o tres, es inevitable que los tiempos se aceleren, que se pierda la paciencia antes, que nada sea duradero, que el éxito y el fracaso se sucedan a un ritmo vertiginoso. Pero admitiendo que la velocidad es propia del tiempo presente, estarán conmigo en la desmesura que supone manejarse así y la dificultad para construir proyectos a largo plazo. Así que no, no me sorprende que ya se haya levantado la veda y se dispare contra Marcelino. Lo que me extraña es que los cazadores impacientes hayan tardado tanto.

 

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