Tiempo de cabañas

Arturo Checa
ARTURO CHECAValencia

Desconfía de los niños que no lleven las rodillas marcadas. La genial frase me la espetó un compañero en el primer día de vuelta al trabajo. Hoy se puede leer en este diario, unas páginas más atrás, cómo el colegio valenciano de nutricionistas habla ya de pandemia al referirse a la obesidad. Un día sí, y otro también, los medios de comunicación hablan del 'burnout', del síndrome del quemado laboral, o de cómo andamos 'más quemados que la moto de un hippy' de despacho en despacho y de reunión en reunión. No dejo de recordar de vez en cuando una de las geniales citas del muy recomendable 'Sapiens', de Yuval Noah Harari, en el que narra cómo el hombre cazador-recolector pasó del mundo rural al cada vez más urbano cayendo en la trampa de una modernidad que en realidad lo que hace es condenarlo a la esclavitud. Pocos conocen un infalible antídoto contra desconfianzas, obesidades, nervios laborales y locuras modernas varias. Yo, sí. Al menos uno de ellos. Bajo una chopera, a los pies de una civilizada carretera comarcal de Cuenca. El recoveco en el que mis dos churumbeles se marcaron bien las rodillas tardes enteras este verano haciendo una cabaña. Otra. Poco más que cuatro palos y cinco cuerdas, en realidad. Pero verdaderamente un espejismo, casi una fantasía mitológica, para muchos otros niños que no saben ni lo que es un romero. No pocas veces pienso que nuestros relojes acabarán dando la vuelta, como aquellos que enloquecen y giran al revés en 'Alicia en el país de las maravillas'. Que la humanidad terminará ahíta de buscar más ganancias, más ceros en la cuenta corriente, y que acabará girando la vista a alguna de esas choperas. A uno de esos pueblos en los que la gente se habla a la cara. Uno de esos en los que los niños juegan en la calle y se hacen heridas de 'guerra'. En los que viven la vida.