La terrible historia de los barcos de refugiados

Hemos pasado el mes de agosto viendo a cientos de refugiados anclados ante Italia intentando desembarcar, pero hechos como éstos se han vivido en Europa desde hace años

La terrible historia de los barcos de refugiados
MERCÈ RIVAS TORRES

Desde el final de la Guerra Civil española al de la Segunda Guerra Mundial han sido muchos los casos de barcos cargados de refugiados que han intentado huir para salvar sus vidas y las de sus familias. Pero estas travesías no siempre terminaron bien.

El 13 de mayo de 1939 más de 900 judíos abandonaron Alemania a bordo de un crucero de lujo, el St. Louis. Esperaban llegar a Cuba y de ahí viajar a Estados Unidos, pero algo en el camino salió mal. En La Habana los mandaron de vuelta a Europa, donde más de 250 de ellos acabarían asesinados por los nazis en campos de concentración. Eran familias completas que huían de la muerte.

Los que salían precipitadamente de la Alemania de Hitler habían conseguido un visado para poder entrar en Cuba. Habían pagado 150 dólares por él. Ése era el precio de la corruptela de la Administración de la isla. Las visas las firmaba Manuel Benítez, director general de Inmigración de Cuba, que aprovechaba un resquicio legal para repartir permisos de entrada a precio de oro.

Era un caso de corrupción que estalló incluso antes de que el St. Louis zarpara de Hamburgo. Una semana antes del inicio del viaje, el presidente cubano, Federico Laredo, ya había sellado un decreto, el 937, denominado así por el número de pasajeros del barco, que anulaba los visados comprados e impedía la entrada de los refugiados judíos en la isla, pero ellos no lo sabían y su huida fue un fracaso que les llevó a manos de los asesinos que los perseguían.

En España también tenemos casos similares. Al final de la Guerra Civil española miles de republicanos trataban de huir desde Alicante pero pocos lo lograron. El barco Stanbrook, un buque carbonero británico de 1.500 toneladas llevó a 2.638 a un incierto destino. Había fondeado en Alicante con la orden de cargar naranjas y azafrán. En la explanada del puerto bullía una multitud agotada después de tres años de combate, miles de civiles y soldados republicanos que vieron en el puerto valenciano la única forma de huir.

Abrumado por la tragedia, el capitán de la nave, un galés de 47 años llamado Archibald Dickson, cambió el plan inicial de embarcar provisiones por el de evacuar a civiles. Al atardecer del 28 de marzo de 1939, el Stanbrook partió hacia Orán con la última carga civil que zarpó camino del exilio antes de acabar la guerra, 2.638 pasajeros que protagonizaron una trágica aventura. Anclado el Stanbrook en Orán, Argelia se convirtió en un gran presidio para las más de 15.000 personas.

Tras pasar hambre, enfermedades y enfrentamientos dentro del barco, cuando fueron a desembarcar se encontraron con ráfagas de ametralladoras y cañonazos de la División Littorio, unidad italiana que reforzaba el bando nacional. Lo peor que les podía pasar. Pero eso no fue todo. Tras desembarcar gran parte del pasaje fue recluido en el campo de concentración de Boghari, en el interior del Sáhara.

Ambos ejemplos podrían ser representativos para compararlos con los barcos que salvan vidas en el Mediterráneo y que se tienen que enfrentar con políticos xenófobos que no los dejan entrar en sus puertos, a pesar de que la Unión Europea ya había dado una solución para el reparto de éstos y que huyeron de sus respectivos países vía Libia.

Dicho país es el peor de los infiernos para un ser humanos. Desde hace años es un estado fallido en donde el caos y la violencia son algo cotidiano. Los hombres son explotados como esclavos, las mujeres también, previa violación.

Cuando finalmente pueden embarcar en precarias lanchas en manos de mafias se encuentran que a mitad camino, en medio del mar Mediterráneo, los abandonan a su suerte que no es otra que morir ahogados o sobrevivir gracias al trabajo de numerosas ONG que están presentes en la zona con barcos. Su misión: rescatarlos y llevarlos a un puerto seguro.

Pero si este trágico viaje no fuese lo suficientemente devastador, se encuentran con políticos que, con el único fin de ganar unas elecciones o demostrar su poder, no les dejan entrar en sus puertos para desembarcar. Este verano ha sido un político italiano, pero no hace muchos años eran los políticos húngaros que hacían lo mismo con los refugiados sirios que llegaban a Europa a través de Grecia huyendo de otro dictador. Desgraciadamente Europa es cada vez más egoísta y egocéntrica. Aumentan las posturas racistas y xenófobas y eso nada tiene que ver con la vieja Europa, lugar de acogida.