TEMPLO O CIRCO

MIQUEL NADAL

Cuando Paco Lloret desveló el miércoles la bomba informativa, me vino a la cabeza ese axioma que decía algo así como que solo dos cosas son ciertas: la muerte y los impuestos. Debíamos intuir que había una tercera, la destitución de Marcelino. Las razones que han motivado el despido, desde el punto de vista empresarial, revelan que el propietario del club, Peter Lim, tiene ideas propias sobre el rumbo al que ha de dirigir la entidad, y la manera de rentabilizar sus inversiones. He dicho propietario, porque propietario es, y la propiedad de las cosas, hasta la de un equipo de fútbol comporta la capacidad de decidir sobre su destino. ¿Alguien en sus cabales pensaba que el proceso de venta saldría gratis desde el punto de vista patrimonial? Probablemente hubo gente, desde la inocencia o desde la maldad, que esperaba que el propietario fuera un mecenas deportivo, un mirlo blanco que enjugara la deuda y todos los años aportara millones, pagara la fiesta de nuestros excesos y nos dejara continuar con la entidad en usufructo, sin decir ni pío. Es muy rara esa manera de entender la propiedad, o al menos yo no conozco ejemplos. La solidez del proyecto deportivo en manos de Marcelino y Mateu Alemany, con sus errores y sus momentos de falta de templanza, que también los hubo, podía no coincidir con el proyecto empresarial de Peter Lim. Que haya razones para la queja y el lamento por las formas, por el momento elegido, por el agradecimiento que merecen los resultados obtenidos, no implica que todo esto no fuera algo previsible. Son lágrimas de cocodrilo, venerando un modelo de club y de fútbol que nosotros mismos echamos por tierra. Oraciones fúnebres las justas, que todos contribuimos a la muerte, como si la historia del Valencia no tuviera la destitución de Quique Sánchez Flores y tantos y tantos otros episodios de bochorno decididos aquí, sin esa distancia de Singapur que a tantos les sirve para identificar un fácil y notorio culpable. Podemos coger el cromo de Montes y Cubells, y como si fuéramos guerrilleros carlistas con la estampa bendecida del general Zumalacárregui, ponernos la boina de las esencias y echarnos al monte con la escopeta y la munición de la memoria, la del Centenario, pero eso no solucionará nada. El único remedio, si es que existe, es que ponga dinero quien lo tenga. A principios del siglo XX el Barón de Coubertin escribió una de esas frases rotundas sobre el futuro del deporte: «Circo o Templo, ahora os corresponde a vosotros decidir el futuro». Una sabia combinación de espectáculo y respeto era lo inteligente, pero que esto ya es un circo ni se lo podemos atribuir en exclusiva a los actuales propietarios, ni es una cualidad exclusiva de Mestalla. Toda la Liga de Fútbol Profesional acabará en lo mismo. Para que vuelva a ser un templo no es suficiente la plegaria, hace falta la fe, pero también poner dinero en el cestillo.