EL TEMPLE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El abyecto ministro de armamento de Hitler, Albert Speer, consideraba que el carisma era la virtud que más beneficios te producía en la vida. Speer se libró de la horca fingiendo arrepentimiento. Jugó la baza de «soy un nazi compungido y lamento haber figurado en el archimalvado gobierno de Adolfo». Los jueces se tragaron el anzuelo quizá seducidos por la carismática mirada del gerifalte que usó a los prisioneros como mano de obra esclava. Le cayeron 20 años. Salió de la prisión, publicó sus memorias, se forró con esas páginas y falleció en un hotel junto a su amante inglesa. Una perla, Albert.

Esta historia es bien conocida y no sé si fue el germen que sobrevalora el carisma. El carisma lo necesitan los actores y los relaciones públicas de la noche, en la política debería de importarnos un bledo. Obsérvese Aznar, se le achacaba escaso carisma pero ganó un par de elecciones pese a su mostacho chaplinesco. A lo mejor el éxito no se encuentra tanto en el carisma, sino en el temple. Arrastro una ligera obsesión desde hace varias jornadas al comparar las diferentes templanzas entre dos ministros nuestros, Dolores Delgado y Pedro Duque. La primera luce un temple áspero, peleón, blindado de pura desfachatez y envuelto en una expresión corporal que derrama ira y fuego. El segundo se decanta por el temple morigerado, el balbuceo despistado, la excusa entrecortada, la explicación suave, la media sonrisa que linda en el alelamiento. La gente se confunde al pensar que le falta un hervor: un tipo entrenado para astronauta ha soportado unas pruebas que muy pocos superan, cuidadín. La ministra Delgado caerá mucho antes que el ministro Duque porque sus arrebatos prepotentes y sus pertinaces trolas la condenarán tarde o temprano. Para resistir cuando arrecia la tormenta mejor mostrar templanza esquiva y fría.

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