El telón debe subir

Ninguna amenaza debe cerrar un teatro. Ni una sala de exposiciones ni un paseo marítimo

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Amenazas y francotiradores. Parece que esté iniciando una crónica desde Sarajevo hablando de los tiradores apostados sobre la avenida principal en la guerra de los Balcanes. Sin embargo, no voy tan lejos. Ni en el tiempo ni en el espacio. Hablo de España. De la España de hoy. Y de un mentecato dispuesto a cometer un magnicidio contra el presidente del gobierno por querer sacar a Franco de su tumba. Y hablo también de Valencia. De la Valencia socarrona, mordaz y cáustica, que cierra un enfrentamiento entre cuñados con un «vinga, va, anem a vore com va la paella». Y se acabó la discusión. La misma Valencia que se ríe de su sombra tiene ahora, sin embargo, a un cómico noqueado sin poder salir a escena por las amenazas y los insultos contra el teatro donde iba a actuar.

Ni soy simpatizante de Sánchez ni de sus demagogias de escuadra y cartabón, y mucho menos de la broma fácil contra los sentimientos de buena parte de la población con la coartada de que es un tema aplaudido por ese ente indefinido que se asoma a las redes sociales. Sin embargo, el punto de no retorno en el que parece que nos hemos instalado resulta inaceptable, preocupante y necesario de autocrítica y revisión. La amenaza no es una opción. No lo es ni para Sánchez ni para un humorista, por muy poca gracia que tenga su broma. El presidente se puede equivocar, extralimitar en el entusiasmo antifascista o recrear en gestos que convertirá en trampolines electorales y que nos molestan, pero la respuesta nunca puede ser de ese calibre. De ningún calibre. Del mismo modo, el cómico podrá ofender, enfadar y provocar rechazo pero nunca la amenaza sobre un teatro puede marcar nuestra agenda cultural. Yo no tengo entrada. No tenía ninguna intención de ir a ver su espectáculo. Ni siquiera antes del episodio fatal. Me incomodó el gesto. Y comprendí a quien se sintió ofendido por él. El daño no es a la bandera sino a los españoles, representados en ella. La patria no es solo un pedazo de tierra ni la bandera, un trapo. Lo son a priori, sin duda, pero, dotados de sentido, son resúmenes de una comunidad y ésa la que merece el respeto de todos, incluso de quienes no comparten sus principios. Porque hay uno, por encima de todos, que sí debemos compartir: la convivencia en paz y libertad es posible. Pensemos cada uno lo que pensemos. Por eso, si Dani Mateo actúa en Valencia, iré al espectáculo. No por él ni por solidaridad interesada o por pose de selfie. Lo haré para reivindicar la libertad. Ninguna amenaza debe cerrar un teatro. Ni una sala de exposiciones ni un paseo marítimo. Por muy en desacuerdo que estemos con su contenido. Ningún político, ni ciudadano, puede sentirse amenazado por tomar una decisión o por defenderla. La violencia se erradica socialmente, no solo a través de la persecución policial. Es la lección aprendida con ETA. Y es el momento de demostrar que nos la sabemos. El telón debe subir.

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