TEJERO EN EL CONGRESO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina acudió ayer martes al Congreso de los diputados para participar en la sesión constitutiva de la nueva legislatura de las Cortes españolas. Tejero está siendo juzgado estos días por su participación en el llamado golpe de Estado del 23-F, un intento de derrocar al Gobierno que en aquellos días cambiaba de manos, de Adolfo Suárez a Leopoldo Calvo Sotelo, dentro del mismo partido. Amparándose en la legalidad vigente, que permite que una persona que está siendo juzgada pero que aún no ha sido condenada conserve sus derechos de participación y representación política, el militar se presentó en las pasadas elecciones formando parte de un partido de extrema derecha, obteniendo su escaño por la provincia de Málaga, de donde es natural. Junto a otros golpistas que, como él, participaron en la fallida asonada, acudió el lunes a la Carrera de San Jerónimo a recoger sus credenciales, provocando ya un considerable revuelo mediático, además del lógico acompañamiento de policía para evitar cualquier intento de fuga o de convertir su presencia en un acto de exaltación golpista. Pese a todo, su llegada al Congreso fue saludada -como ayer- con aplausos y vítores de algunos de sus allegados, familiares, amigos y compañeros del partido con el que concurrió a las urnas. Tejero no se cansó de saludar a unos y otros, ofreciendo la mejor de sus sonrisas y un aspecto muy saludable para una persona que desde hace meses vive en una prisión, sometida al rígido régimen penitenciario. Representantes de otras formaciones políticas -concretamente, los de la derecha- se acercaron hasta su escaño para darle la mano y departir brevemente con él. A su paso por el sitio que ocupa el presidente del Gobierno en funciones, y candidato a la presidencia, Tejero saludó al dirigente político, todo en un aire de estabilidad democrática aderezada de cierta cordialidad y complicidad personal, llegando a intercambiarse unas breves palabras con el mensaje de «tenemos que hablar». El resto de diputados asistían entre estupefactos e indignados a una representación extraña y casi burlesca de una pretendida normalidad con quien hace apenas unos meses intentó acabar con el mismo sistema del que ahora forma parte, en el que participa activamente y hasta es recibido como uno más. Pese a tenerlo prohibido, el teniente coronel hizo apología del golpe de Estado y del régimen autoritario que pensaba instaurar al margen de los partidos. Los diputados de su grupo lucían en la solapa un pin con el característico tricornio de la Benemérita. Todo fue consentido y amparado por la nueva presidenta de la Cámara baja.

Esta crónica hubiera sido impensable hace treinta años. Hoy es tan posible que ocurre.