EL TECHO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Venerables vigas de madera que ya han cumplido 100 años soportan el techo de la palocueva. Tienen la edad de Kirk Douglas o de Olivia de Havilland, supervivientes de aquel Hollywood dorado plagado de golfos, genios y juguetes rotos. Vivir sobre el asfalto en una isla de madera segrega un no sé qué muy goloso, sin embargo provoca obsesiones. Las termitas. Me preocupan las termitas porque crecí con los gamberros dibujos animados de la Warner y no olvido las marabuntas formadas por esos insaciables bichos que zampaban troncos con frenesí de zombi. El jefe de la aldea de Asterix sólo temía que el cielo se precipitase contra su chepa, a uno le asusta levantarse un día sin la mitad del techo porque esas pequeñas depredadoras lo han devorado. Un arquitecto me tranquilizó al explicarme que no comen tan rápido. Pero no me fío de los pronósticos de los técnicos porque además de los talentosos abundan los chapuceros con título. Observo, en consecuencia, a modo de prevención, el techo. Conozco las grietas de esas vigas, las leves diferencias de coloración, sus muescas. Hay algo vivo en ellas. El techo es uno de los grandes símbolos de nuestra sociedad. Sin esa importante parte de nuestra morada estamos condenados al fracaso, al rigor del clima, a la desnudez total. Por algo a los marginados de la calle se les denomina, en asqueroso eufemismo que pretende proyectar tono humano, los «sin techo». Si no conservas tu techo eres un paria reducido a la mendicidad, a la beneficiencia, a la hostilidad constante que rodea al que no supo o no pudo adaptarse a las circunstancias de nuestro sistema. Sin el techo eres carne de escombrera. El techo del Palau de la Música se ha caído y, de nuevo, comprobamos las debilidades de las edificaciones modernas. Con el permiso de las putas termitas, mis vigas todavía resisten.