EL TALANTE Y EL RELATO

CARLOS PAJUELO

Sucede que hay palabras que traspasan su mero significado y llegan a considerarse como ejes de una época y de sus circunstancias. Es la fuerza de las palabras. Transcienden lo nominativo y llegan a formar parte de la conducta diaria. Son máxitransitivas.

Antes era el talante y ahora prima el relato. No hace demasiado tiempo el inquilino de la Moncloa era el Sr. Zapatero, que llego allí con sus votos y con una cartera llena de talante. Lo repetía y repetía, tanto que su momento político se conoce como la «era del talante»; lo de «era» es excesivo, digamos legislatura. Lo que ocurre en materia de Gobierno es futo del «exceso de talante». Sobra talante. Falta talento.

Digo yo que él creía que el dialogo lo podía resolver todo y suponía que mirando a los ojos del otro y siendo mirado por los ojos del que tenía enfrente- no es lo mismo- las dificultades caerían. Nos pasamos la vida mirándonos. Mucha mirada.

Una noche se fue a Barcelona y prometió que aquello que aprobase el Parlamento catalán sería respaldado por el Nacional. Así nos va. Luego el paso del tiempo demostró que no, que el talante sería el de él, pero el del contrario no. Y la cosa creció. Y entonces llegó la historia de la parte que convenía al otro. A alguien se le ocurrió bautizarlo como el relato y hasta hoy todos los medios nos colocan la palabra con asiduidad y cierta promiscuidad, aleatoria e innecesariamente. No toca, pero es una muletilla. Relato hasta en la sopa.

No es la primera vez que pasa. Los compañeros periodistas en las crónicas de deportes son amigos de encontrar apodos a los futbolistas y se pierde su nombre. Fue el mítico Matías Prats el que gustaba de jugar con las palabras, en ese campo del deporte, y llamaba «esférico» al balón o del centro geométrico del campo. La práctica se amplió y se hablaba «del concierto de las naciones». Ahora le ha tocado al «relato» que viene a ser la historia que uno cuenta, aunque esta sea un invento, lo que a uno le gustaría. Vivimos tiempos de relato. Virtual versus real. Son cuentos. ¿Despertaremos?