SURCOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Inmerso en mi gloriosa cibertaruguez sospecho, quizás de manera equivocada, que las aplicaciones para el telefonillo que con tanto frenesí se baja el personal representan la alfalfa que apacigua los estómagos nerviosos. Pero no me presten demasiada atención, nunca capturé una de esas aplicaciones, ni siquiera las que favorecen el reparto alimenticio a domicilio, todavía soy una de esas almas errantes que salen el domingo por la tarde de su topera para buscar un bocata de tortilla o de chorizo.

Aún así me ha llegado esa última moda que consiste en colocar tu actual careto para que una aplicación lo envejezca. Un amigo provocó ese simulacro con mi faz y me mandó el resultado. Deprimente, claro. No tengo ningún interés en comprobar la devastación del tiempo sobre mi semblante ya bastante viejuno. De ahí que no entienda la pasión con la que han abrazado esta suerte de reto. En nuestra sociedad impera el rejuvenecimiento, no el envejecimiento. Potingues, operaciones e infinitos tratamientos se aplican triunfadores para intentar detener la implacable erosión con la que nos castiga el transcurrir de los años, sin embargo, de repente, a la gente le hace gracia contemplarse envuelta en un mar de arrugas y carnes fofas. Qué extraño. Por un lado, esas aplicaciones nunca son inofensivas y contribuyen a reforzar la vigilancia a la cual nos someten desde esos chiringuitos; por otro, creyendo que sólo son simples juegos, caemos inocentones en semejantes trampas que nos manipulan y aumentan nuestro infantilismo, cercenando nuestra ya escasa capacidad crítica. Con esta aplicación del envejecimiento intuyo que las multinacionales de la cosmética se frotan las manos maquinando nuevas leches hidratantes, personalizadas, dispuestas a frenar nuestros inevitables surcos. De nuevo, somos la alegre cobaya juguetona.