SUPREMACISTAS

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Lo peor de los ataques racistas como los de Texas o Utoya, en Noruega, hace ocho años, es el clima que se crea tras ellos en buena parte de la sociedad. Me refiero a cierta complacencia entre quienes piensan que hay razones para ello. Son los tibios que comparten el qué aunque no el cómo. Piensan que sobran inmigrantes, defensores de los desfavorecidos, ONG contra la xenofobia o voces que denuncian la exclusión del diferente. Sin embargo, no están a favor de acabar a tiros con todo ello sino de otros modos más pacíficos pero efectivos y rotundos. Son esos que dicen 'yo no soy racista pero...'. Y a partir de ahí sueltan una serie de falsedades, lugares comunes, tópicos no demostrados y bulos tomados en serio sobre los magrebíes, los 'menas', los bolivianos o los rumanos. Algunos se animan a salpicar el discurso con datos que no se sostienen. En cuanto les preguntas la fuente, cambian de tema o declaran que es una muy fiable, sin especificar cuál. El racismo, la xenofobia y el supremacismo se nutren de ese caldo de cultivo. Y lo peor es que cada vez aumenta más gracias a la relación entre hechos y prejuicios. Hay voces que denuncian la ocultación del origen cuando los delitos son cometidos por extranjeros o que relacionan 'menas' y bandas violentas utilizando un caso que se convierte en categoría. En todo ello, los medios de comunicación y las redes sociales tienen un papel determinante, ya sea como altavoces de esas conclusiones cuestionables, ya sea como difusores de estereotipos relacionados con determinados colectivos. Es el abono del supremacismo que consideramos lejano porque sus actos violentos suceden en Estados Unidos o en el Norte de Europa. El riesgo es permitir que se asiente en nuestra sociedad aun sin atentados. Cuando queramos extirparlo, puede ser tarde.