'SUPERMAX', SUPERTRUÑO

OSKAR BELATEGUI

Hay estrenos de series en los que la diversión reside en Twitter, con el goteo constante de comentarios de espectadores que opinan según la ven. Quizá ocurra como con las cartas al director de los periódicos, que solo escriben para quejarse, pero el desembarco de 'Supermax' en Cuatro en la noche del martes se saldó con un aluvión de improperios que la tildaban de peor serie del año. Serie, sí, porque Cuatro había jugado a venderla como un 'reality show', un revolucionario espacio de telerrealidad extremo, lo que indignó aún más a los espectadores. Nada bueno hacía presagiar el dato de que 'Supermax' se rodó hace tres años e incluso se programó hace dos en HBO España y pasara desapercibida. La primera serie en castellano de la brasileña Globo en colaboración con Mediaset se filmó en los estudios de la compañía en Río de Janeiro -el mayor centro de producción audiovisual de Sudamérica, con 1,6 millones de metros cuadrados- y en espectaculares exteriores como Las Salinas de Jujuy y la selva amazónica.

El director argentino Daniel Burman y actores como Cecilia Roth, Rubén Cortada y Santiago Segura aparecen en los créditos de esta ¿sátira? de espacios como 'Supervivientes' y 'Gran Hermano'. Sus protagonistas son ocho concursantes sometidos a toda clase de perrerías en una antigua prisión de máxima seguridad que vivió en el pasado un motín sangriento. Segura encarna al presentador y demiurgo del encierro, a la manera del personaje de Ed Harris en 'El show de Truman'. El diseño de producción es aparente, pero la acción está narrada de manera tan confusa y fragmentada que es imposible averiguar el pasado de los personajes en los 'flashbacks'.

Nada funciona en 'Supermax'. Ni su presunta sofisticación, ni la ironía con la que se contempla el fenómeno 'reality', ni la interpretación de actores tan curtidos como Roth y Segura, perdidísimos en medio del desaguisado. Moraleja: la telerrealidad, con sus conflictos guionizados, aunque el público piense que los concursantes se interpreten a sí mismos y no haya más argumento que el azar, no funciona desde el prisma de la ficción.