La autonomía es un valor muy deseable y parte de la tarea de la modernidad ha consistido en hacerla crecer. Hemos hecho importantes progresos en el reconocimiento de los derechos de las personas más dependientes, alcanzando cotas más elevadas en su autonomía y en su participación en la esfera pública. La autonomía es un bien porque constituye una parte relevante de la dignidad humana. Y, de hecho, la dignidad estaría mal enfocada y definida si no tuviera en cuenta la autonomía y el ejercicio de la libertad. Autonomía y dignidad están unidas, afectándose su relación si se impidiera a las personas tomar decisiones importantes sobre su vida. No debería haber divergencias en el entendimiento entre autonomía y dignidad. Si las habido y las hay, es porque la autonomía se ha ido exagerando cada vez más, desbancando a la dignidad y ocupando un sitio que legítimamente no le corresponde. La autonomía es un bien, pero la dignidad es superior a ella porque su bondad es mucho mayor.

La dignidad no puede reducirse a la autonomía porque esta nunca la podemos poseer de modo absoluto dada nuestra naturaleza dependiente. La autonomía es muy cambiante. Aparece y desaparece en función de la salud, la edad, y las mil circunstancias que tienen que ver con la condición humana, el mero existir y la libertad de los demás. Nunca cae la autonomía automáticamente del cielo, y tampoco todos la poseen por igual. No es posible ser autónomo sin hacer nada y, de hecho, dependemos de la voluntad de los otros para poder alcanzarla. Nacemos y morimos dependientes, con una autonomía nula o muy limitada, aunque la vamos mejorando y ampliando. Pero nunca se es autónomo del todo. En cambio, siempre se es digno del todo, aunque no hagamos nada más que existir. A diferencia de la autonomía, la dignidad es una proposición que no es derivable ni derivada de otros, por eso se le denomina axioma. No la obtiene el ser humano obrando, ni se la adjudica la sociedad cuando realiza un acto. La dignidad la posee cada hombre totalmente desde que viene a la existencia, invariable, no depende de nada, ni siquiera de lo que uno piense sobre su propia dignidad. Tampoco puede depender de la capacidad de autodeterminación humana porque esta es constitutivamente limitada. La dignidad posee un valor absoluto y por este motivo, está capacitada, y solo ella, para erigirse en el fundamento y la salvaguarda de los derechos humanos.

Por el contrario, vincular exclusivamente autonomía con dignidad, confundiéndose entre sí, y declarando que soy digno, si y solo si soy autónomo, si y solo si puedo satisfacer todos mis deseos, dejaría maltrecha la dignidad de los siguientes humanos: discapacitados, bebes, fetos, embriones, gente deprimida, moribundos, inmigrantes, parados, desahuciados, refugiados. Existen demasiadas personas en el mundo que han dejado de ser autónomos o nunca lo han sido ni lo serán y que no pueden esperar a serlo para que se les reconozca de modo unívoco que son seres dignos.

La autonomía es tan valiosa que lo único capaz de limitarla es precisamente la dignidad. Necesitamos mucha autonomía, pero necesitamos algo más grande que ella, que la incluya y la trascienda. Demandamos algo sólido que consiga fundamentar los derechos humanos inherentes a la persona especialmente en las situaciones en las que esta pierde temporal o definitivamente la capacidad de libre decisión o sencillamente nace con una dependencia total.

La noción de autonomía de las ideologías libertarias y utilitaristas requiere ser precisada o corregida. No puede justificarse la moralidad del acto autónomo por el simple hecho de que no haga daño a nadie, porque entonces debería justificarse en infinidad de casos en los que bastaría con el simple deseo. El solo hecho de que un acto sea autónomo y lo practique una mayoría social tampoco es suficiente para su legitimidad. A cada acto voluntario y libre, se le exige para su licitud que no viole un metraprincipio que es el de la dignidad, y cuya mayor manifestación consiste en la inviolabilidad de la vida humana. Por muy autónomo que sea, el acto autónomo perdería toda su bondad -constituyendo un mal- si atacara directa e intencionadamente al bien humano más fundamental que es la vida, también la propia vida. Nadie puede sustraerse a este principio universal acogiéndose a que cada cual puede tener el valor que quiera sobre el bien intrínseco de la vida humana, reclamando que nadie imponga una concepción que le es ajena. Esta arbitrariedad, tal y como ya ha demostrado la Historia, resulta nefasta, porque respetaría ciertas vidas y eliminaría otras en función de la cambiante autonomía personal o colectiva y del flujo variable de los deseos. En cambio, poner el fundamento de los derechos humanos en algo tan inalterable y objetivo como la dignidad, evitaría esos niveles de subjetividad a los con frecuencia está sometida la autonomía y los deseos personales.

No está siendo una buena experiencia utilizar en la sanidad la autonomía del paciente como el gran fundamento para legislar sobre cuestiones que comprometen la vida humana. En Holanda, son numerosos los casos de eutanasias practicadas por médicos sin el consentimiento de los pacientes o de sus familiares. Las ejecutaron al considerar que no merecía la pena mantener con vida a esos enfermos, y al reconocer que, en su frágil estado, carecían de competencia para para tomar una decisión autónoma, prefiriendo ellos - los médicos- tomar la decisión final por su cuenta, convenciéndose de que supuestamente esa sería también la decisión del paciente.

Como se puede observar, se ha traspasado una frontera incurriendo en graves abusos, pero porque ya desde el inicio se hizo depender el valor de la vida humana de la autonomía y no de la dignidad intrínseca. Se trata de un lógica tanto ética y como política fallida que no ha conducido a una mayor afirmación de la autonomía individual, sino a lo contrario, a su restricción en un buen número de casos. Al abandonarse la inviolabilidad de la vida humana, y sustituirla por la inviolabilidad de la autonomía, se derriban otras barreras de respeto, empoderando de modo ilegítimo a legisladores y a los propios médicos. Al final, los que legitiman la eutanasia pasan directamente desde la autonomía y por la autonomía a la muerte.

Resulta contradictorio apelar a la autonomía personal para al final acabar con la propia autonomía, o apelar a una libertad absoluta para privarse de ella encadenándose a las vías de un tren. Produce desconcierto, por absurda, la decisión de suplicar autonomía para solicitar la muerte, cuando es la misma muerte la que hace borrar lo que esa persona consideraba que era el valor central de su existencia: su propia autonomía. La exageración de la autonomía acaba en una fractura psicopatológica del sujeto o como decía Bertrand Russell en la esquizofrenia del hombre moderno. En cambio, el principio de dignidad humana, que no niega el valor de la autonomía, pero lo limita, proporciona equilibrio y estabilidad moral y social porque prevalece sobre los que pretenden convertir en fuente de derechos algunos deseos autónomos que atentan contra la vida.

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