Nadie, en su sano juicio, puede ser insensible al dolor o a la tragedia humana. Menos aun cuando la enfermedad se prolonga en el tiempo, devorando la mente y el cuerpo de un ser querido. Si no lo sintiéramos, si no nos compadeciéramos, estaríamos muy alejados de lo que se supone que debe ser un ser humano. Quien esto escribe, lo sabe bien, porque lo ha vivido, y lo ha sufrido en carne propia. Nada más triste y doloroso. Por esta razón, entiendo el sufrimiento que ha padecido Ángel Hernández al ver el terrible deterioro físico que lastró a su mujer, María José Carrasco, durante esos largos y penosos años que le tocó vivir.

Durante los días en que la noticia se convirtió -interesadamente- en viral, sentí verdadera admiración por un hombre que se dedicó, sin descanso alguno, a cuidar al amor de su vida. Mayor grandeza no cabe. Ni mayor sacrificio. Ángel tuvo que hacer frente a la dureza de una esclerosis múltiple que se prolongó durante más de treinta años, lo que le "cosió" a ella de por vida. Sin duda, es un ejemplo de entrega y de abnegación absoluta, y ante esta angustiosa circunstancia, no seré yo quien se atreva a realizar el menor juicio sobre su persona.

Una vez que he reconocido lo doloroso que resulta el hecho que se menciona, el problema surge cuando la Política, así como buena parte de los medios de comunicación, intenta tomar un ejemplo de gran difusión mediática para concienciar y educar a la sociedad. Es la estrategia de la baja política y del adoctrinamiento más espurio. Nada que no hayamos conocido ni padecido durante estos últimos años.

Desde que entré en la Facultad de Filosofía y Letras, en un lejano 1981, pero, sobre todo, desde que empecé a cursar mis estudios de Derecho, en 1986, he venido escuchando y leyendo que un Estado Democrático se fundamenta en el respeto a la vida y a los derechos de las personas. Una gran verdad. Sí, sobre el papel, una gran verdad. Pero, al igual que el papel, esta se diluye con el agua y con el viento frío del norte, que todo lo arrastra y devora.

De nuevo nos toca remar a contracorriente. A estas alturas de la vida, no nos importa. Por otra parte, nunca nos importó. Lo que realmente nos preocupa es vivir con nuestra conciencia, y con una verdad que me lleva a señalar que cuando una sociedad permite que una persona pueda provocar, libremente, la muerte de otra, bajo el paraguas de una cierta excepcionalidad, se está permitiendo que se debilite el carácter inviolable de la vida humana y de los derechos que la protegen. Pilares básicos de un Estado de Derecho.

Si nos paramos a pensar durante un instante, podremos advertir que cuando disponemos de una vida, ya sea propia o ajena, se está afirmando que esta puede ser devaluada, o lo que es lo mismo: que la vida carece de respeto cuando se dan determinadas situaciones de sufrimiento.

De entrada, se nos plantean tres problemas, que conciernen al campo del Derecho, de la Ética y de la Medicina. El problema jurídico es evidente. Me pregunto: ¿puede una vida ser violada? Y si así se afirma, ¿Puede la violabilidad constituir un derecho? ¿Desde cuándo? Al mismo tiempo, nos surge un interrogante ético: ¿Puede una vida ser indigna, y, por tanto, violable? Si así lo afirmamos, tendremos que reconocer que el placer o el sufrimiento son los motores que mueven nuestra sociedad. Si así lo sostenemos, tendremos que defender, con igual rotundidad, que la vida humana no constituye un bien en sí mismo. Lo constituye el dolor o el placer. Nada más propio de esta sociedad mal llamada posmoderna que la de intentar olvidar que el sufrimiento existe, como existe la fealdad o la vejez. Pero hombres de la grandeza de Viktor Frank nos lo recuerdan con su ejemplo y su vida.

Finalmente, se nos presenta un interrogante médico: ¿Dónde fijamos el límite del sufrimiento? ¿En qué momento se puede aceptar la petición de eutanasia o de suicidio? ¿Bastaría con que alguien manifestara que ya no quiere seguir viviendo porque su vida carece de sentido? Un buen ejemplo de esta realidad que cuestionamos lo propició, tristemente, el científico australiano David Goodall, quien, a sus ciento cuatro años, y con plena capacidad mental y física, se desplazó a Suiza para que se le aplicara el suicidio asistido. No padecía ninguna enfermedad en fase terminal. Reconocía, eso sí, que su calidad de vida se había deteriorado: "No soy feliz. Quiero morirme. No es particularmente triste". Sí, es realmente triste que se permita la eutanasia por el simple hecho de no ser feliz. Si aplicamos esta razón al común de los mortales ¿quién viviría?, porque, ¿en qué momento de nuestras vidas somos totalmente felices? No me contesten. Pero, si lo hacen, procuren que no sea en la Suiza calvinista.

Dado el grado de manipulación mediática, tengo la sensación de que la sociedad no es consciente de que si se abre la espita de la eutanasia, no se podrá poner barreras al mar. Más pronto que tarde, empezaremos a ver, con gran alarma, cómo un sinfín de situaciones tienen cabida en ella: ¿por qué no la depresión, el cáncer, Alzheimer o la amputación de un miembro? Solo se ha de ver lo que está sucedido en Holanda, Suiza o Bélgica para saber cómo se está "ofertando" ante un diagnóstico de enfermedad incurable, o ante la sensación de desasosiego que provoca una vida que parece que ya no tenga sentido alguno. Cabe tener presente el doloroso caso de Alfie Evans. ¿Cómo puede un juez, o un gobierno, o un Estado "condenar a muerte" a un niño indefenso, privándolo de los medios precisos para respirar, e impedir que sus padres puedan llevarse a su hijo a un hospital de Italia, donde -incluso- se le concedió la nacionalidad italiana para seguir protegiendo su vida? No debería estar permitido. Pero la arrogancia del Poder todo lo puede, máxime cuando la sociedad civil vive tan aletargada como sumisa.

Mi ingenuidad me lleva a pensar que toda decisión nos enfrenta a un dilema: hacer el bien o consumar el mal. Lo grave es que en esta partida de póker está en juego el eterno combate entre la Civilización del Amor y la Cultura de la Muerte, y quien reparte las cartas, es un truhan, y no un señor. Cabe no olvidarlo.