La sugestión del Camino de Santiago

La sugestión del Camino de Santiago
afp
PEDRO PARICIO AUCEJO

Santiago el Mayor -patrón de Galicia y de España- fue el primer mártir entre los discípulos elegidos inicialmente por Cristo, así como testigo de su resurrección. Como apóstol, se le confió la misión de ir a Hispania y predicar a las gentes del 'finis terrae'. Por si ello fuera poco, desde la Edad Media, se ha convertido en el protagonista histórico del mayor movimiento peregrino que atraviesa el continente europeo durante más de un milenio. Sin embargo, la ruta jacobea no es una realidad del pasado sino un camino que sigue estando vivo, activo y en ascenso continuo en los últimos tiempos, uniendo a personas de tierras lejanas y lenguas, edades, profesiones y niveles culturales y sociales diferentes.

Paso a paso, la alegría del movimiento al caminar recorre campos, pueblos y ciudades. Con la vista puesta en Compostela, cada día los peregrinos soportan durante muchas horas el calor, el frío, la lluvia, el cansancio, la sed, el hambre, el sueño, la soledad y otros rigores ambientales que son ajenos a la existencia cotidiana vivida en sus lugares de origen. En esta coyuntura, para quienes hayan recorrido el tramo navarro del Camino de Santiago, en su itinerario desde Pamplona a Puente la Reina, habrá resultado inolvidable el obligado paso por la sierra del Perdón. Recordarán el monumento al peregrino allí levantado y los molinos del que, en 1994, fue el primer parque eólico de la Comunidad Foral. Al descender del monte, en su búsqueda de albergue donde descansar de la ruta, accederían al ubicado en el pequeño municipio de Uterga.

Desde hace varias décadas, visito esta población por razones familiares en distintas épocas del año, lo que me ha permitido comprobar el ininterrumpido flujo de caminantes que cruzan sus tierras para alcanzar la histórica villa que preside el valle de Valdizarbe, donde se juntan dos caminos de peregrinaje, los procedentes de Roncesvalles y Aragón. Han sido muchas las ocasiones en que, durante mis habituales paseos -sobre todo en prim'avera y verano-, en su creencia de considerarme conocedor de la zona, me han planteado las más peregrinas -nunca mejor dicho- preguntas acerca de su geografía, su historia, sus costumbres o cualquier otra circunstancia que inquietara su ánimo en ese momento. Gracias a esos interrogatorios he podido comprobar con frecuencia la peculiar y plural sugestión de quien emprende este viaje.

Si bien es cierto que todo es misterioso para quien ignora, el caminante se siente desbordado y, a la vez, seducido por lo desconocido de su ruta: se ve arrastrado por lo inexplorado, por una especie de nebulosa interminable cuyo interior emite notas profundas que le envían atractivas comunicaciones. Para unos, el Camino es un sueño a realizar; para otros, una hazaña que emprender, un desafío que superar, un regalo del que disfrutar, una vivencia que experimentar; y, en todo caso, una superación a afrontar. Entre los muchos que se ponen en camino, hay quienes lo hacen por motivos religiosos, pero también quienes marchan por razones culturales, por estar en contacto con la naturaleza, por turismo, por deporte o, incluso, por mero seguimiento de una moda. Para unos y otros será, no obstante, un entrañable tesoro siempre recordado y difundido.

Hoy en día, la ruta compostelana es abierta en su intencionalidad. Pero lo decisivo de ella es que, en su periplo, siempre hay tiempo para una reflexión que permita ordenar la realidad personal, encontrar su sentido y alcanzar el equilibrio vital. En verdad, todo en el Camino (el contacto con la naturaleza, la contemplación del trayecto geográfico y cultural, la solidaridad de las gentes, la austeridad de los medios, los imprevistos, el tiempo libre y la soledad de que se dispone...) invita a una cavilación racional acerca de la existencia y del destino del hombre en este mundo.

En el transcurso de su derrotero, el peregrino siente una especie de ascesis íntima: va tomando conciencia de una percepción interior que le aleja de la engañosa trivialidad de nuestra sociedad actual y le proporciona luz para ver lo sustancial e invisible de la vida. Incluso, en ocasiones, la transformación espiritual que, poco a poco, ha ido experimentando con lo que de trascendente ha hallado en el Camino le lleva a concluir en la tumba del Apóstol en abierta conversión a Dios, descubriendo la fe o recuperando la que se había perdido u olvidado. De esta forma, el sepulcro compostelano de Santiago es la meta última del rumbo emprendido físicamente un día, pero supone también -sobre todo- la fascinación ante lo sagrado, el hechizo de la buena nueva aportada y encarnada por el Apóstol: la alegría evangélica de que existe una vida eterna para los hombres.

Parafraseando las palabras que san Juan Pablo II dirigió a Europa en su visita de 1982 a Compostela, cabe apelar igualmente con sus ideas a la conciencia de todo caminante que, procedente de cualquier parte del mundo, emprenda la ruta jacobea: ¡Si quieres aprovechar tu tiempo, encuéntrate, sé tu mismo, descubre tus orígenes, aviva tus raíces, revive aquellos valores auténticos que hacen gloriosa tu vida y benéfica tu presencia entre los hombres!