Sueños en VHS

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Cuando era pequeño mi hermana trabajaba en un videoclub y a mí me parecía la persona más afortunada del mundo. Aunque todavía no se me había despertado ninguna vocación entendía que aquel era un trabajo perfecto. Al fin y al cabo vivía rodeada de cine, en una época -la del VHS- en la que no sospechábamos ni por asomo que llegaría un día en que podríamos llevar en nuestro bolsillo cientos de películas para verlas cuándo y dónde quisiéramos. Por aquel entonces los cinéfilos de provincias nos conformábamos con los contados estrenos que viajaban hasta nuestras ciudades y con los títulos que fuésemos cazando en los cineclubs que programaba la tele de madrugada. El auge de estos locales amplió por supuesto nuestras posibilidades y, en mi caso, el hecho de que un familiar tan cercano estuviese tras el mostrador de uno de ellos resultó un golpe de suerte. Porque lo aproveché todo lo que pude. No había tarde en que no me pasase por allí después de salir del colegio para llevarme a casa algo que ver (sin pago de por medio y sin urgencia por devolverlo). Pero mi interés por aquel espacio iba más allá de disfrutar de alquileres gratuitos y de todos los carteles que la actualidad desechaba. Mi hermana se encontró con un voluntarioso ayudante que no tenía problema en ordenar los títulos recién llegados, en devolver a sus estanterías los que habían sido entregados, en rebobinar los que venían de casa con la cinta sin enrollar, o en colocar en las carátulas vacías el letrero de alquilado. Aunque solía atender indicaciones sobre cómo disponer las películas no me resistí en alguna ocasión a realizar mis propias variaciones, uniendo a directores o actores que me constaba no mantenían buena relación en la vida real o intercalando filmes en estantes de géneros a los que aparentemente no pertenecían.

Dejé de ambicionar ser dueño de un establecimiento así cuando me di cuenta de que podría disponer de mi propio videoclub en casa y dedicarme de este modo a otro oficio. Y así comencé a grabar todo tipo de películas que almacenaba cuidadosamente (con sus portadas y sus títulos anotados en el lateral) en mi habitación. Siempre imaginaba en cómo sería mi hogar del futuro con una sala completa dedicada a todos los VHS que había ido atesorando a lo largo de la vida. La aparición del DVD desbarató estos planes pero no alteró mi intención de acumular cine a mi alrededor. El empeño se volvió mayor, puesto que pasé a apilar también copias en el nuevo formato.

Ni qué decir tiene que hace años que no he usado ninguna de estas reliquias, pero que me cuesta horrores deshacerme de ellas porque de alguna manera es como renunciar a un sueño, como reconocer que aquel esfuerzo no sirvió para nada, como aceptar que por mucho que tú traces un plan la vida no deja de sorprenderte con nuevos giros de guion y nuevos soportes que dejan obsoleto cualquier ilusión o proyecto que un día trazaste.