EL SUCIO NEGOCIO DE JIM BINTLIFF

Este hombre de New Jersey tiene la exclusiva del lodo con el que se untan las pelotas de béisbol de la MLB

FERNANDO MIÑANA

Hace unos días leí que alguien nombraba el maravilloso oficio de Chris Skaife, que es 'ravenmaster', el hombre que cuida de los seis cuervos que, según cuenta la leyenda, tiene que haber en la Torre de Londres para que no se desmorone. Skaife se ha abierto una cuenta en varias redes sociales y ahí detalla cotidianidades como que a veces les da bizcocho bañado en sangre.

La verdad es que existen trabajos asombrosos, pero hay uno que se creó en los años 30 y que me parece sorprendente que, ya entrados en el siglo XXI, se mantenga en pie. El monopolio lo tiene un estadounidense llamado Jim Bintliff y su negocio consiste en suministrar a la MLB, las grandes ligas de béisbol, unas latas con barro para embadurnar las bolas antes de los partidos.

La MLB lleva años pidiéndole a su proveedor, Rawlings, una evolución de las pelotas que ya no necesite esa pátina de tierra humedecida. La compañía de material deportivo examinó y analizó el lodo de Bintliff y sacó varios prototipos. Los lanzadores los probaron y, tras los ensayos, dijeron que preferían el lodo.

Lo del barro tiene un origen muy concreto. El 16 de agosto de 1920, Ray Chapman, de los Cleveland Indians, fue golpeado durante una entrada por una bola curva lanzada por Carl Mayers, de los Yankees de Nueva York. A los pocos días, Chapman murió. Aquel accidente fatal creó cierta psicosis en el béisbol. Los equipos se preocuparon por la falta de agarre de las pelotas.

Probaron de todo. Jugo de tabaco, betún o directamente suciedad para pringar la bola. Pero todos esos materiales dañaban el cuero. Hasta que Lena Blackburne, de los Philadelphia Athletics, se fue a su casa de la infancia, en Palmyra, y allí, en el margen de un afluente del río Delaware, al sur del estado de New Jersey, encontró un barro especial, casi cremoso, en el que se conjugan varios elementos: un alto contenido en arcilla, agua salobre y una especie de resina de los cedros que cae de los árboles de alrededor. Unas condiciones que solo se dan en un reducido tramo del río.

Los lanzadores de su equipo estaban encantados con este pringue y en 1938 todos los equipos de la MLB ya utilizaban el lodo de Lena. Desde entonces el béisbol ha evolucionado una barbaridad gracias a la tecnología, pero el barro mágico del Delaware sigue siendo irremplazable.

Lena se asoció con su amigo John Haas, quien, años después, le cedió el negocio a su yerno, Burns Bintliff. Este enseñó durante los años 60 cómo tratar el barro, pues no era únicamente de cogerlo y empaquetarlo, a sus ocho hijos, y cuando Jim tenía 15 años, su madre le designó como el sucesor en el arte de tratar el barro para el béisbol.

Jim tiene ahora 62 y cada temporada envía cuatro latas de un litro a cada franquicia de la MLB. No se ha hecho millonario. Cada lata cuesta cien dólares, así que no recauda mucho más de 12.000 dólares por temporada. Aunque también le vende a los equipos de sóftbol y de las ligas menores.

Su empresa, la Lena Blackburne Baseball Rubbing Mud, defiende con celo el secreto que nadie más conoce. No es un empeño anecdótico. Jim Bintliff se casó con su mujer en 1989 y, aunque ella sabía a qué se dedicaba, tardó cinco años y el nacimiento de dos hijas en hacerle esta confidencia.

Porque si Jim se encuentra a alguien en la zona del río donde extrae el lodo, tiene preparada una batería de excusas para justificar que esté ahí sacando paladas de tierra húmeda. Que si es perfecta para sus plantas, que está estudiando si está contaminada, que quiere analizarla...

Aquel hombre misterioso se irá de allí, chapoteando con su par de zapatillas hechas polvo, con una carretilla cargada de latas llenas de barro. Luego cogerá el material y lo colará, retirando las ramas y hojitas que haya arrastrado. Después lo dejará que se asiente. Luego lo mezclará con una cantidad concreta de agua y lo depositará en unos contenedores. Durante cinco o seis semanas irá quitándole el exceso de líquido y volverá a filtrarlo. Ya estará listo para cogerlo con una espátula y, con la habilidad de un heladero, ir enlatándolo.

Cuando el utillero lo reciba solo hará falta que le añada un poco de agua o, como le gusta a muchos, humedecerlo a escupitajo limpio. Después se pondrá un poco en las manos y lo frotará contra la pelota para que pierda el brillo de fábrica.

Que nadie sufra. Jim ya ha señalado a su hija Rachel para que coja el testigo del barro.