No están sucias; las ensuciamos

FERRAN BELDA

La utilización política de la suciedad viaria me molesta más que las vomitonas que en ocasiones he de sortear si salgo a la calle antes de que la hayan baldeado. Entiendo que si emplean este pobre recurso es porque es efectiva en la pugna partidista por el control del ayuntamiento; de cualquier ayuntamiento. La ciudad está sucia, «porco governo!». Pero no puedo evitar pensar que se trata de un argumento superficial y de doble filo, habida cuenta que la suciedad callejera dice más en contra de la colectividad que la sufre, porque es asimismo la que la provoca, que del partido cuya supuesta negligencia la origina. Siempre se ha dicho que la mejor forma de limpiar es no ensuciar. Y es verdad. El ayuntamiento no puede poner un barrendero detrás de cada uno de los vecinos. Han de ser éstos los que se comporten como lo que se supone que son, buenos ciudadanos, porque el aseo de una ciudad está estrechamente relacionado con el civismo y la urbanidad de sus habitantes.

En cambio en ninguna de las noticias que llevo leídas desde que empezó a mosquearme esta cuestión he visto el menor reproche al incivismo social. La culpa de que las calles de Madrid no estuvieran todo lo relucientes que debían estar durante el mandato de Ana Botella no la tenían OHL, Sacyr, FCC y Ferrovial por rebajar la calidad del servicio, ni los madrileños por emporcarlas; la tenía la señora de Aznar. Especialmente desde que se escudó, la muy bruta, en que los mendigos constituían «una dificultad añadida para la limpieza». Ramón Llin, responsable de barridos y baldeos con Barberá, también responsabiliza a Ribó de la mugre que ensombrece las calles de Valencia. Una acusación que tendría algún sentido si el tripartito que ha administrado el Cap i Casal desde 2015 hubiera municipalizado la tarea o hubiese rebajado la asignación a las tres empresas que se ocupan de este menester. Pero no hecho tal cosa. Todo lo contrario. Se la incrementó. Y en lo tocante a proveedores, «la nueva política» no ha podido ser más continuista. Están los mismos que estaban con Barberá. Y, en algunos casos, con Clementina Ródenas, Ricard, Martínez Castellano, Ramón Izquierdo y así hasta el XV Barón de Cárcer y más allá. Lo que ocurre es que endilgar al contrincante o a la Administración de turno la responsabilidad de los males colectivos es más cómodo que repartir o asumir culpas. ¿Para qué me voy a indisponer con los causantes de las numerosas quejas que provocan las deposiciones caninas, se dicen las otras, si prometiendo construir un hospital para gatos (Gloria Tello) y patrocinar la visita al veterinario (Sandra Gómez) quedo más mona? Ribó, en fin, no se habrá hecho acreedor a la escoba de oro, pero que la limpieza viaria preocupe a los valencianos 5,7 veces más que la corrupción no hace más que confirmar lo que acreditan los anales: el paisanaje valora más la pulcritud urbana que la pureza moral.