SOPA FECAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

A estas alturas todavía no he logrado escaquearme para gozar de las mediterráneas aguas que lamen nuestras golosas costas. El primer baño de la temporada segrega algo benigno y hundir la cabeza bajo el mar contribuye a despejar la madeja que se apelotona espesa en el cerebro tras el largo curso laboral plagado de sonrisas y lágrimas. Claro que, en vista del percal que luce aquí cerca, convendrá tomar precauciones. Día sí y día también nos chapan alguna playa vecina, Malvarrosa, Patacona, Massamagrell, el Puig, por culpa de unas bacterias fecales harto nocivas para nuestra salud, nuestra piel, nuestro reposo. Escucha uno la palabra «fecal», tan fea que sólo con pronunciarla parece que ya huele mal, y entendemos que nuestras aguas marinas padecen súbitos subidones de partículas mierdosillas que en nada favorecen nuestras aspiraciones húmedas. Andamos peleando por un turismo pulcro y familiar dispuesto a derrochar sus dineros sin agarrar grandes y molestas curdas de vulgar tono barriobajero, pero luego somos incapaces de bloquear la porquería que contamina nuestras playas. Y, extrañísimo detalle, las autoridades no explican las causas de esta ponzoña legamosa porque nadie asume la responsabilidad del lamentable desaguisado que se repite con persistencia de infecta plaga. La Malvarrosa, me comentaron, es la mayor explanada playera de Europa, pero si en vez de cultivar su pureza nos limitamos a cerrarla ante los avances mierdosos, alguien no cumple con su trabajo. También nos asombra el silencio de las preocupadas huestes ecologistas prestas a velar por el medio ambiente. La moda de combatir los microplásticos, otro grave problema, se conoce que agota las fuerzas para continuar con la lucha en otros frentes. La sopa de bacterias fecales nos impide el anhelado primer remojón. Habrá que esperar...