SOCARRAT EN LA PUNTA

El método para evitar enfrentarse a una de las partes en conflicto fue no permitir las paellas pero dejar que se celebraran

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Una campaña comercial usaba la frase «yo no soy tonto» para promocionar productos a precio de ganga, pero bien pudiera aplicarse a los vecinos de La Punta. No son nada tontos. Poco importa el truco usado por el ayuntamiento para quedar bien con todos y mal con ninguno. Los vecinos de La Punta saben diferenciar quién les protege y quién no. Y el ayuntamiento de Valencia, ayer, los dejó abandonados a su suerte con la excusa del embrollo provocado por su «no es sí» ante las paellas universitarias.

Primero las dieron por buenas. El lunes, Joan Ribó salió con un «estamos trabajando en ello», aunque sin el acento tejano de Aznar, y, a preguntas de un periodista, contestó a salto de mata: «Falta algún detalle pero espero que lo podamos resolver. La ubicación en la que trabajamos es La Punta». No es momento de enemistarse con un colectivo electoralmente tan sensible como los jóvenes y si Moncada había dicho que no, Valencia, tan abierta, tolerante y festiva, no iba ser tan rancia. Sin embargo, las declaraciones del alcalde ya dejaban entrever cierta improvisación en la argumentación para defender la celebración del evento masivo en La Punta, como luego se demostró.

En cuanto se enteraron los vecinos, que ya habían sufrido un episodio de ese tipo con anterioridad, pusieron el grito en el cielo y no porque consideraran que los asistentes son animales, como lamentaban los organizadores. Los animales suelen ser muchos más limpios y cuidadosos con el entorno natural del que viven y al que necesitan que la mayoría de ñiñatos borrachos dispuestos a dejar sus recuerdos en aceras, entre coches y en monumentos protegidos. Los miles de botellófilos potenciales que contiene esta ciudad ya han demostrado su exquisito trato hacia la Lonja, los jardines o los barrios torturados por verbenas falleras. Los vecinos lo saben de sobra y por eso intentaron evitar otro día 'inolvidable', pero este ayuntamiento, que tanto se preocupa por la huerta, hace la vista gorda cuando quienes la invaden son capaces de montarles un escrache en la Plaza del 15-M.

El método para evitar enfrentarse a una de las partes en conflicto fue no permitir las paellas pero dejar que se celebraran. Si los vecinos se lo echan en cara en el futuro, basta decir que no lo habían autorizado, aunque en realidad se limitaron a dilatar su intervención hasta que el evento estuvo terminado. La evidencia mostraba que la policía local no habría podido desalojar a 25.000 chavales con ganas de fiesta y cierto nivel etílico sin causar un daño mayor. Al final, mientras el ayuntamiento evaluaba la cuestión, analizaba las condiciones y tomaba una decisión, los asistentes se acabaron hasta el socarraet. Son los ritmos resolutivos caribeños a los que ya nos tiene acostumbrados este consistorio para todo menos para construir nuevos carriles bici. Y ello bajo un paraguas de alegalidad que protege a todos de futuras demandas.