Sobre la vida en los sepulcros

MIQUEL NADAL

Hay una perspectiva interesada de la nostalgia que conduce al error. Nos enteramos de la muerte de Franco cuando llegamos al Colegio de los Salesianos y se habían suspendido las clases y hubo que volver a casa, al discurso de Arias Navarro y al testamento de Franco pegado en las aulas. De repente, mi abuela materna comenzó a retirar discretamente 'les animetes' y las imágenes de San Martín de Porres, que tenía parroquia en L'Oliveral, y aparecieron carnets de la CNT, y un fajo de dinero de la República, varios miles de pesetas que mi abuela, pobre, conservaba, pensando que con la muerte de Franco le serían canjeados en el Banco de España. Afloraron los recuerdos desordenados de quienes perdieron amigos en el inicio de la guerra, durante la guerra, y durante el franquismo. El recuerdo de los vecinos, separados ideológicamente, que escuchaban en secreto las emisiones de Queipo de Llano, y se dedicaron a protegerse mutuamente. Aquel soldado de la República al que salvaron, trasladándolo oculto en un carro hasta el Puerto. Todo aquello me condujo a un interés desmedido por la política, a los mítines de Gil Robles en el Teatro de la Princesa, a Carrillo, la Pasionaria o Federica Montseny en la Plaza de Toros. De todo aquello hace exactamente cuarenta y cuatro años, y hoy el franquismo es ese período felizmente superado, cuya duración es inferior a la de la vigencia de la Constitución. Es cierto que quedaba una tumba, pero no es menos cierto que cuando se compara la situación con los procesos surgidos en Alemania e Italia, uno tiende a impugnar las equivalencias. No hay rastro simbólico de Hitler, Mussolini o Pétain, pero no es menos cierto que Alemania, Italia o Francia pretendieron dar carpetazo a las tumbas, como si eso cerrara el proceso de depuración, ahorrando del rastro la investigación de la enorme cuota de responsabilidad que tantos franceses, alemanes o italianos tuvieron en la consolidación de las Dictaduras. Hubiera sido necesario al analizar la República, la Guerra y el franquismo más ecuanimidad, más rigor, y menos actualidad parlamentaria. Esto debería haberse hecho en otro tiempo. Que tras cuatro décadas de Constitución exhibamos como una victoria el traslado de los restos retrata nuestra escasa valentía en el pasado, y proporciona argumentos a los que piensan siempre en conspiraciones y tramas ocultas, como si viviéramos en una democracia demediada, menor, malcarada. Una percepción muy peligrosa. Escuchaba el otro día al actor Karra Elejalde, el que ha hecho de Unamuno en la película de Amenábar opinar que mirando la película la encontraba de actualidad, y había temas, singularmente el territorial, que continuaban igual que en 1936. Quizá la peor herencia del franquismo es su capacidad para contaminarnos de indigencia intelectual y sectarismo mediocre. El franquismo ya solo es aquel tiempo triste, pero en el que aún vivían nuestros padres y nuestros abuelos.