EL SITIO DE MI RECREO

«Cuando Mestalla te guiña un ojo ya eres parte de él. Yo tenía once años. De regreso a casa jugábamos en sus aceras»

LA FIRMA INVITADAJOSÉ CARLOS FERNÁNDEZ

DESDE LA GRADA DE MESTALLA

Desde el patio se divisaba el fondo sur. Ahí comenzó el hechizo. Cuando Mestalla te guiña un ojo ya eres parte de él. Yo tenía once años. De regreso a casa jugábamos en sus aceras. Las mochilas nos hacían de postes y utilizábamos las pelotas de frontón, las únicas permitidas en el colegio, como balón.

Cuando la luz de la tarde alargaba, nos metíamos en la sede social que soñó don Vicente Peris a ver fotos y trofeos de épocas gloriosas que no habíamos vivido en primera persona pero que sentíamos también nuestras. Impregnábamos de vaho los cristales.

Las entradas infantiles, como los pasteles de cucurucho que comprábamos en Micer Mascó, valían 75 pesetas y si caíamos simpáticos al portero podíamos entrar dos. Llegó por fin el año que nos sacamos el pase Infantil de cartón para media temporada y comenzó a llenarse de agujeros en forma de circulitos, cuadrados y triángulos por cada partido que lo usábamos, según tocara en la «ticadora» que utilizaba el portero en los accesos a Mestalla. Los partidos de 'Día del Club' además de llevar el abono, teníamos que presentar el carnet de socio, personal e intransferible, con foto incluida. Durante muchos años, algo debía tener de positivo pegar el estirón tarde, utilicé la misma.

Recuerdo aquel día que don Arturo, al finalizar las primeras clases de la mañana, me llamó para que me acercase a su mesa. «¿Estás bien?», me preguntó. Me extrañó su pregunta y él debió notarlo en mi gesto. «Es sólo un deporte» prosiguió, «No debe afectarte» . Y en ese momento comprendí a qué se refería. Era abril de 1986 y habíamos bajado a Segunda.

«No se preocupe, don Arturo, la temporada que viene voy a volver a sacarme el pase de socio, a mí lo que me gusta es ir a Mestalla a ver jugar al Valencia, sea en Primera o en Segunda», respondí orgulloso, intentando ocultar mis heridas de guerra y que hacía un par de días, en la tarde-noche de aquel sábado 12 de abril de 1986, les dije a mis padres que me encerraba en la habitación para hacer los deberes de matemáticas, cuando lo que realmente hice fue escuchar la narración por radio de aquel Barcelona 3 Valencia 0 y llorar desconsoladamente.

Aquella temporada en Segunda fue increíble, nos forjó a toda una generación que habíamos llegado demasiado tarde a las épocas de éxitos y de repente nos sentíamos jóvenes protagonistas del momento más delicado en la historia del club.

Fueron tiempos de papelitos en las últimas filas de la clase, desde donde rasgábamos con cuidado de no ser descubiertos todo tipo de revistas y periódicos que recogíamos con la intención de hacerlos volar en pedacitos durante el siguiente partido en Mestalla, con la salida del equipo al campo o un gol de Alcañiz, tras majestuosa pared entre Subi «torero» y Quique «novillero». Fue la época pop de la grada de Mestalla, la «movida valencianí», el resurgir de un equipo desde la pirotecnia que nos caracteriza, dicho como metáfora y como realidad tangible que muestran los trozos de banderas quemadas que aún guardo.

Y la vida siguió por su cauce normal, el Valencia regresó a Primera y yo cambié el colegio por el Instituto, luego por la Universidad y luego por un trabajo. Y en todos estos años, cada quince días, como si del estribillo de mi vida se tratara, nunca he dejado de acudir a Mestalla, donde esta temporada celebramos el Centenario. Disfrutémoslo con la ilusión que merecen todas las vidas que caben en estos cien años de historia.

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