SÍMBOLOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

De la gamberra Pipi Calzaslargas a Laura Ingalls, aquella criatura experta en sufrimientos varios de la insoportable 'La casa de padrera' (Ronnie Reagan decía que era fan, por cierto), existe una poderosa fascinación hacia la figura de una jovencita con trenzas. Las trenzas son una irresistible fuente que atrae nuestra simpatía, no lo podemos evitar.

Puesto que necesitamos símbolos para despertar nuestras conciencias, la fuerza de la activista Greta Thunberg reside precisamente en su juventud y en esas trenzas inocentes que luce. ¿Cómo no la vamos a admirar si encima su mensaje, su lucha contra los descalabros del cambio climático, resultan de lo más noble? Ahora bien, entristece un tanto que, sin esos símbolos tan infantiles, seamos incapaces de reaccionar. Prescindimos de los artículos, de los discursos o de los ensayos, pronunciados o escritos por científicos de renombre, donde se nos advierte de lóbrego futuro que nos espera si seguimos enganchados a la cochinada global, pero atendemos con actitud mística, sumisa, a los gestos de una adolescente que nos abronca. Así se confirma la imparable infantilización que se ha adueñado del cotarro. Este proceso que nos arrastra hacia el pensamiento infantiloide lo sitúo, lo tengo clarísimo, a principios de los 90 con la película de Disney 'El Rey León'. Muchos amigos adultos disfrutaron a lo grande con esos dibujos animados y con esos tópicos de lágrima fácil. «Algo chungo está pasando, ay ay ay...», me dije. Luego el proceso se reforzó con los parques de atracciones, los libros de autoayuda simplones y la nefasta manía de ser feliz a todas horas. Con todo este gazpacho alcanzamos el momento actual: una adolescente obtiene la atención que le negamos a los sabios porque su frágil estampa vende. Necesitamos, pues, un profesor Bacterio con trenzas.