SILENCIOS QUE HABLAN

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

No quisiera que el título de mi artículo pareciera una secuela del 'minuto de oro' de Albert Rivera en el primer debate televisado de la campaña del 28-A, «¿lo escuchan?, es el silencio, el silencio que nos heló la sangre a millones de españoles cuando los separatistas intentaron romper la convivencia en Cataluña», pero ciertamente hay silencios tan escandalosos y que contrastan de tal manera con el habitual griterío que invade la vida pública española que resulta imposible no destacarlos por lo que nos hablan de sus responsables. Uno de ellos es el de las organizaciones, asociaciones, sindicatos, partidos y políticos de izquierdas respecto a las detenciones efectuadas por la policía cubana durante la marcha del orgullo gay celebrada en La Habana, un suceso que deja al descubierto todas las contradicciones de un progresismo de salón que sigue siendo incapaz de condenar como se merece un régimen autoritario caduco y desfasado pero que para muchos comunistas y socialistas continúa siendo una especie de paraíso terrenal. Tampoco hay reacciones, ni protestas, ni manifestaciones, ni nada que se le parezca después de que se haya destapado el terrible caso de la madre que -presuntamente- secuestró a su hija para que no pudiera estar con su exmarido y padre de la niña -un periodista de El Mundo-, una acción delictiva en la que estuvo en todo momento apoyada por una asesora de Podemos, activistas ambas de 'Infancia libre', una asociación feminista que no hace honor a su nombre. No he escuchado un reconocimiento del error, una petición de responsabilidades, una rendija abierta a la posibilidad de que en este asunto tan espinoso y conflictivo de la custodia de los hijos en casos de separación no se puede funcionar con un apriorismo sexista y feminazi por el que las mujeres siempre tienen razón y los hombres no. Silencio absoluto en altavoces y portavoces que en otros casos hablan y hablan y hablan. Como tampoco merece comentarios la polémica intervención del cardenal polaco Konrad Krajewski, el limosnero del Vaticano, que ni corto ni perezoso bajó a los sótanos de un edificio de Roma okupado por unas 450 personas para restablecer ilegalmente el suministro de luz del inmueble, lo que le ha valido las duras críticas del vicepresidente del Gobierno italiano y ministro del Interior, Matteo Salvini, el azote de los inmigrantes, que mantiene unas muy malas relaciones con la Iglesia católica por el apoyo que el Papa Francisco está dando a las personas que se lanzan a la aventura de buscar una vida mejor en Europa, lejos de sus países, asolados por la guerra, la violencia, la corrupción, la pobreza, la ausencia de oportunidades. ¿Dónde están los habituales castigadores de la Iglesia? Son silencios muy elocuentes.