SEXO A LOS 13 PERO MATRICULARSE CON PAPÁ

SEXO A LOS 13 PERO MATRICULARSE CON PAPÁ
PABLO ROVIRADELEGADO DEL PERIÓDICO MAGISTERIO EN LA COMUNITAT

La carta al director se publicó la semana pasada en un periódico de Extremadura. La autora, madre de opositora docente, se quejaba por el suspenso en las pruebas de su hija pese a que «quien le acompañó a la puerta nos dio la enhorabuena su padre y a mí por la exposición». Es una anécdota, pero también algo común: la presencia de padres y madres en las esperas de una oposición, de la Selectividad, de las entrevistas de trabajo... y en las colas de las matriculaciones, por ejemplo, de la universidad.

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Recuerdo, sin ser más o menos independiente que mis contemporáneos, revisar en la víspera los horarios en las paradas de autobuses cercanas a casa para asegurar la línea que me llevaría al Politécnico para hacer el Selectivo. Recuerdo garantizar mi puntualidad con varios despertadores y preparar el kit de bolis y documentación la noche anterior. Igual en la preinscripción universitaria, en la búsqueda del primer empleo, etcétera. Uno, si eso, ya contaba al volver a casa. Ya digo, no era extraño en mi generación. Hacerse mayor era eso, apañárselas uno mismo. Los padres estaban ahí para consultarles, que tampoco hacía falta por lo común, sin esperar que nos sustituyeran al frente de las riendas de nuestro futuro. Con ellos, lo que se discutía era la ampliación de la libertad, las horas límite de las noches, y demás.

Sea por la aparente seguridad que proporciona el móvil, sea por el cambio de los tiempos, la ganancia de libertad se ha adelantado. Ejemplaricemos con la edad media de la primera relación sexual. Según las estadísticas, la media de los jóvenes actuales roza ya los 16 años, tres años menos que la cohorte de edad de sus madres. Según los datos de la Unidad de Personalidad del Hospital Clínico San Carlos, en el caso de los niños, las primeras relaciones sexuales se adelantan a los 13,1 años y a los 15 en el caso de las niñas.

Qué ha cambiado para que una generación para la que «hacerse mayor» significaba ganar autonomía (cumplir 18 años era poder sacarse el carnet de coche) se ha centrado en educar en libertad. Más bien, por qué educar en autonomía ha perdido su lustre.

Seguro que no es algo consciente y quizás relaciona con eso que se dice que los hijos ahora son muy deseados, tanto que, de alguna forma, se tratan como tesoros y un tesoro no se descuida ni deja solo ni un momento. Los padres ahora somos solícitos, les llevamos la agenda escolar, les recordamos sus deberes y, si se olvidan, los solicitamos en el grupo de whatsapp. Los niños no piden las extraescolares que les gusta; les apuntamos nosotros según un itinerario extraformativo en el que proyectamos su futuro deseado. Ampliamos sus horarios nocturnos, pero los esperamos a la salida de los locales. Permitimos tanto como protegemos. Asumimos su responsabilidad y saltamos sus obstáculos.

En educación se ha impuesto la visión social del derecho, el servicio como herramienta para la transformación de la sociedad que tanto insisten nuestros políticos. Acaso, cuando se cita la educación como un derecho individual, el argumento se centra en la perspectiva técnica, profesionalizadora, en sacar provecho de los talentos para, a través de los conocimientos y esfuerzos, el ascenso social.

Sin embargo, la tarea educadora es, sobre todo, formar ciudadanos autónomos. En estos tiempos de profusión de mascotas sustitutas, queda diluida la diferencia. Los cuidados no son educación, ni las nociones básicas del civismo. Educar es dotar de herramientas a los niños para que puedan moverse en la vida adulta. Lo que en las mascotas sería un acto ilegal de abandono de animales domésticos, en los humanos es ley de vida: los jóvenes abandonan a su familia para iniciar su camino propio como adultos.

Para los hijos, la libertad sin autonomía es desamparo porque uno debe emprender la singladura no solo pertrechado con las herramientas de navegación necesarias, sino también sabiendo cómo utilizarlas. Sin embargo, nada empuja a las familias a reforzar esta premisa, sino todo lo contrario. A la propia escuela, basada su evaluación en el esfuerzo y el resultado, le cuesta forzar a los padres hacia ese camino y los padres, claro, priman la eficacia y el resultado. Educar no se trata de dejarlos más sueltos, sino de soltarles más preparados. Y no hablo de las notas. Educar es quitar los pañales en cada aspecto de su vida como a los dos años hicimos cuando supo ir al baño solo.