¿Será el 99?

Ahora resultará que la culpa de que Sánchez se vaya a ir de veraneo con la investidura pendiente la tienen los padres de nuestra Constitución

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Vaya por Dios. Ahora resultará que la culpa de que Sánchez se vaya a ir de veraneo con la investidura pendiente no va a ser de la desmedida ambición del propio candidato, ni de la poca cintura de su entorno; ni de la dudosa fiabilidad de sus potenciales socios, ni de la lógica oposición de quienes él mismo ha tenido por sus enemigos; ni tan siquiera de que los españoles le hayamos votado con menos entusiasmo del esperado. Al final la culpa de que vayamos ya por los tres meses sin gobierno la van a tener unos tipos -en su inmensa mayoría varones heterosexuales blancos, lo que quizás lo explique todo- que camparon a sus anchas por nuestro ecosistema parlamentario hace ya más de cuatro décadas, para acabar extinguiéndose por el inexorable paso del tiempo -y la caída de algún que otro meteorito- hace al menos un par de legislaturas ya.

Me refiero -naturalmente- a los padres de nuestra Constitución que, aherrojados por quién sabe qué deudas con vaya usted a saber qué poderes fácticos, no acertaron a insertar en nuestra Carta Magna resquicio procedimental alguno para hacer posible que cuatro décadas más tarde el líder de un partido que se quedó a cincuenta y tres escaños de la mayoría absoluta pueda gobernar en solitario y sin hipotecas.

La idea de reformar el artículo 99 de la Constitución -lanzada con la misma falta de reflexión previa, acogida con el mismo unánime desdén, y llamada a tener la misma fortuna que todas las anteriores ocurrencias constitucionales de Sánchez- es un despropósito de proporciones mayúsculas. De entrada, porque desafía la lógica que la fórmula para asegurarse de que en este país gobierne el candidato del partido más votado consista en reformar el mecanismo constitucional que precisamente ha hecho posible que en España formen gobierno -nada menos que once veces consecutivas, a lo largo de 39 años- solo quienes venían de haber liderado a sus respectivos partidos en una victoria electoral. Como insulta a la inteligencia que el padre de la idea sea precisamente el único presidente llegado a la Moncloa sin haber ganado unas elecciones, por la puerta trasera de una moción de censura. Pero sobre todo, desafía el sentido común que una idea que fue repetidamente descartada en aquellos tiempos en los que «la lista más votada» se hacía con porcentajes de voto que oscilaban entre el 38 y el 48%, sea retomada ahora por quien en su última comparecencia ante las urnas consiguió un magro 28% de los sufragios.

Lo que el artículo 99 de la Constitución dice es algo tan de cajón como que para gobernar este país hace falta contar con el voto de la mayoría de quienes nos representan en el Congreso, o al menos no suscitar entre éstos más resistencias que apoyos. De modo que si alguien tiene un problema con una regla como ésta quizás lo que deba cambiar sea sus credenciales de demócrata convencido por otras de arribista profesional.