SENTIR LA VIDA

Mª ÁNGELES ARAZO

Todas las tardes, al esconderse el sol, coincidía con Isabel en casa de Ángel Coll, el anciano que vivía solo escribiendo versos de amor y esperando que alguien lo visitara y le contase cualquier anécdota de la vida cotidiana del pueblo. Isabel, puntual, risueña, afable, aparecía con la bolsa de nylon que contenía la cena de los acogidos al Hogar de los Mayores. Le ahuecaba el almohadón, le pedía que repitiese con ella una breve acción de gracias a la Virgen María y, por último, ponía en sus manos un frasco de colonia Lavanda, que el anciano utilizaba para frotarse los dedos, acariciar los de ella y señalarle con gracia el lunar que tiene junto al tabique nasal, que Isabel siempre justifica como «un capricho de mi madre: una fruta silvestre».

Ochenta y cinco años y sigue ilusionado en vivir a pesar de las circunstancias que le rodean y le obligan a permanecer en cama. Cuenta que «Isabel -que es muy maja-, ha cumplido ya setenta y cuatro años; y si me casase con ella, cobraría la viudedad. Lo que ocurre es que la gente hablaría, aunque la gente siempre habla. Yo jamás le he dicho algo que pueda ofenderla. Callo y callo, pero necesito verla -rompió a reír- y no sólo por la cena. Sigo sintiendo la vida».

Las palabras del anciano fueron como un latigazo en mi tranquilidad sentimental; contemplé la colcha floreada, el gran baúl, el reloj, el calendario; la habitación donde la bota de vino, el botijo y el orinal ocupaban sitio preferente, a la altura de la cabecera. Me sentía viva, y en lugar de ir a la fonda y poner en orden las notas, me marché a la carretera para oír a los grillos. Y contemplar cómo la luna, como un gajito, ascendía desde el río y blanqueaba sus aguas. A rachas soplaba el viento frío. Pasó un hombre al lado de un burro cargado de maíz y se me quedó mirando, porque, sin darme cuenta, lloraba. El hombre se detuvo: «¿Le pasa algo?», preguntó. «No -le sonreí, es que estoy viva». El hombre también sonrió, sin comprenderme y dijo: «Ea, pues claro que está viva.»

Aspiré con deleite, como si pudiera sorber la noche; y me recité los nombres de las personas queridas, como si pudiera comunicar con ellas en aquel instante. Seguía viviendo.