Sayonara, baby

Antonio Badillo
ANTONIO BADILLOValencia

Un ojo entornado para afinar la puntería y 'sayonara, baby'. El gatillo de Terminator pone fin al efímero sueño valencianista con una fría ejecución planificada al amparo de la clandestinidad que garantiza la distancia, física y emocional. El desarraigo. Un disparo a quemarropa en el corazón del verdadero Valencia; no el que pasa revista al estado del cortijo a once mil kilómetros de distancia -camuflado bajo las sonrisas de un Murthy a quien habría que recordar que está feo reír en los funerales, salvo que tu vehículo lleve lunas tintadas-, sino el que lloró con la conquista de la Copa como antes lo había hecho al ver desintegrarse el ciclo más glorioso de la historia del club. Una bofetada a la gente que alfombró de pétalos la llegada del Mister Marshall asiático y cinco años después se rebela ante las prisas de la propiedad por convertir la gloria en calderilla; por monetizar el éxito para recordarnos que, aunque se obstine en ello, el murciélago jamás volará tan alto como el buitre. Desde que llegó Lim al Valencia intento buscar el menor indicio de que esto para él es algo más que un simple negocio. Esfuerzo baldío. No lo trajo la vanidad, ya que apenas se impregna de valencianismo y ni siquiera en los momentos memorables, plataforma para el lucimiento personal, bebe de nuestro néctar. Tampoco vino atraído por el fútbol, pues ni en la etapa más precaria de la economía blanquinegra el denostado Llorente habría puesto en el escaparate a su estrella con el desapego con que Lim ha intentado, e intentará, vender a Rodrigo pese a tener cuadradas las cuentas. No le demos más vueltas. La indiferencia con que despacha a quienes ven en el Valencia un club deportivo deja escaso margen a la imaginación. Son malos tiempos para la ingenuidad. Lo que parece claro es que el día en que se marche lo hará sin alterar el sino de Mestalla. El Valencia porta en su ADN la autodestrucción, y eso no lo cambia ni todo el dinero de Singapur.