SANTA POLA

RAMÓN PALOMAR

El caído en el fragor del combate suele despertar nuestra simpatía. Despojado de su poder se humaniza y descubrimos que, tras la fachada de triunfador, sólo existe un mortal que se retira para lamerse sus heridas. Nos burlamos de su manera de caminar rapidito con esos brazos aleteando como huérfanos buscando un residuo de parentela lejana, de su barba tristona, de su aire melancólico e incluso hastiado, de la desgracia que segregaba cuando pretendía mostrarse gracioso. Admiramos, eso sí, su tono de parlamentario brillante dotado de réplicas agudas. Pero se prodigó poco en ese campo porque parecía huir del divino barro que alegra nuestra rutina.

Toda su vida incrustado de esto o aquello hasta alcanzar la mayor de las responsabilidades y de repente, paf, se evapora hacia su destino de registrador de la propiedad allá en Santa Pola. Ni puertas giratorias ni conferencias pagadas con gallarda calderilla ni consejos de estado ni reciclajes de observador tontiloco. Mariano Rajoy ofrece un bofetón final de gloria silenciosa y nos recuerda que él puede ganarse los garbanzos de forma harto óptima y lucrativa porque, cráneo privilegiado, aprobó la durísima oposición con 23 años. Rajoy vuelve a casa tras tantísimos años, a su papeles, a su función de servidor público en esa otra faceta del registro, acaso a una vida morigerada y plácida tras tantos sobresaltos y mandangas. Parece extraño que tras la adicción que genera el Poder y los pelotas que acompañan esa bóveda sea capaz de renunciar a la figura de expresidente con tentaciones parlanchinas que deambula de aquí para allá. Su retorno al registro parece el último gesto de un hombre ajeno a las urgencias de nuestros días pero eficaz ante los problemas que nos devastaban. Ahora, en plena ola de buenísmo efectista, fosforescente, igual le añoraremos.

 

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