Salvem las terrazas

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

No hace tantos años Ruzafa estuvo a punto convertirse en una gran y sucia escombrera dominada por los roedores. Daba pena el tono degradado que mordía las aceras. Su futuro le conducía al barrio entre marginal y fantasma. Sus moradores abandonaban aquellas calles cargadas de jugo histórico porque la inseguridad reptaba. Pero, trampantojos del pérfido capitalismo, los bajos precios de los alquileres actuaron de imán y el personal joven con alma de bohemia y golfemia acudió en masa, por eso, hoy, la zona ha mutado en un verdadero hervidero donde bulle la vida. Galerías de arte, estudios de artistas, tiendas, restaurantes de diversos pelajes e incluso una sala de teatro bombean litros de sangre fresca que tonifica ese venerable asfalto. Y las terrazas, claro. Esas terrazas de gloria ociosa y parlanchina donde tertuliar o pimplar un vermú. Observar el devenir cotidiano apalancado desde una terraza, gracias a nuestro clima y a nuestra querencia callejera, supone un placer gozoso y barato que nos hidrata el alma. Ni Ruzafa ni nuestra ciudad se entienden sin las terrazas. El terracismo es nuestro deporte favorito, con permiso de Juan Roig y su manía por las maratones y las medias maratones. Bueno, pues desde el ayuntamiento pretenden recortar esas terrazas que representan la espuma de nuestros días, con lo cual mis amigos ruzafeños andan acongojados ante el atropello. Por supuesto que, eterna y delicada cuestión, el descanso de los vecinos debe de primar sobre el ocio salvaje, pero sospecho que, en el fondo, a nuestro alcalde se diría que le fastidia cualquier iniciativa privada que fomente cierto beneficio. Un guillotinazo cafre arruinará negocios, mandará al paro a un buen número de curriquis y anestesiará la efervescencia actual. «Salvem» las terrazas empleando sentido común y hebras de tolerancia.

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