SALDOS SENTIMENTALES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Con la primera impresión suele brotar un sentimentalismo barato. Preservémoslos en su universo verde cueste lo que cueste, pensamos; que no se contaminen de nuestra putrefacción, decimos. Estos son los relámpagos que nos traspasan cuando nos anuncian que acaban de descubrir a una tribu amazónica aislada. Incluso han mostrado imágenes borrosas de un nativo peinado con el tradicional flequillo que observa desconfiado al menda que le graba vía móvil. Sí, nuestras primeras y santurronas intenciones se encaminan hacia la protección total de ese puñado de indígenas que no participan en nuestro sistema de servidumbres. Allá inmersos en su cápsula selvática, afirmamos, son felices, comen perdices y agarran sus rituales ciegos gracias a alguna planta alucinógena como los jipis ibicencos de principios de los setenta. Estos tópicos imagino que responden al peor romanticismo, a ese romanticismo blando emparentado con el rollo bucólico de las pastorcillas blondas que jamás pisaban en los verdes prados las plastas de las vacas. Nunca suponemos que, vaya usted a saber, esos nativos sufren penalidades, rigores, enfermedades. Una muela infectada, un crisis de apendicitis, les trasladan a la tumba. Y lo de buscar a lo largo de las jornadas un tubérculo o un mono para llenar la panza, en vez de acudir al supermercado, puede resultar agotador. Y la vida sin películas, series, buenas novelas o conciertos, hombre, reduce nuestros apetitos de ocio y mengua nuestra sensibilidad. Quizá, ya puestos, viven en sus chozas una suerte de Supervivientes o de Gran Hermano, quiero decir que la mitad de la tribu odia a la otra mitad por historias de cuernos, codicias y desamores. Les miramos como si fuésemos dioses que deciden por ellos. Por su propio bien les condenamos al peligro mugriento de la jungla. ¿De verdad acertamos?