El sacrificio

Si Sánchez debe pactar con el independentismo para conquistar los cielos, lo hará, no en vano hasta Rufián ha moderado su discurso

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

El posible pacto de investidura que se avecina es lo más parecido al dilema del prisionero. En el clásico dilema, dos detenidos son aislados en celdas separadas e interrogados sin que puedan hablar entre ellos. Si uno confiesa, el otro es condenado pero si confiesan los dos, ambos son condenados. El problema es que ninguno sabe qué dirá el otro.

En este caso ocurre algo similar. Tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias quieren poder, de hecho es lo que más quieren en estos momentos, pero saben que el poder debe ser degustado en soledad, no junto al otro, pues compartido con él, corre el riesgo de diluirse, perderse o aniquilarse por siempre jamás. Así, Sánchez querría prescindir de Iglesias no porque éste mantenga un discurso incómodo que encaja mal con el PSOE, como se ha dicho, sino porque puede evidenciar que, en el fondo, el suyo es el mismo discurso que el de Sánchez. Habida cuenta de que existe un Sánchez anterior y otro posterior a su llegada a la Moncloa, el apoyo de Iglesias a los 'presos políticos' no está tan alejado de las declaraciones de Iceta o de Meritxell Batet sobre las formas de solucionar 'el procés'. Si Sánchez debe pactar con el independentismo para conquistar los cielos, lo hará, no en vano hasta Rufián ha moderado su discurso, su presencia y su histrionismo. Son prisioneros que no quieren revelar su verdadera faz antes de tiempo, no resulten castigados.

No hay sacrificio real, aunque lo parezca mirando el paso al lado que ha dado Iglesias. También él quiere tocar poder, y apartarse ha sido la única forma de dulcificar un pacto de extremistas que se desvelará cuando ya no haya marcha atrás. Que iban a pactar lo sabíamos, pero el problema no era el acuerdo sino cómo venderlo. Después del 'no' de Iglesias en la primera intentona de Sánchez por haberse aliado con Ciudadanos, a Sánchez le resultaba muy difícil explicarle a su partido que iba a hacer vicepresidente al que mencionó la cal viva en el Parlamento. Por menos, lo dejaron fuera de la Secretaría General. Ahora, había que enmascarar una realidad molesta con todos las armas a su alcance. Es la etapa del sacrificio de Iglesias, pero la de Sánchez llegará más adelante, en cuanto quede al descubierto la verdadera cara del pacto y los precios que ha aceptado el líder socialista con tal de seguir en el poder. Quizás lo peor sea que el verdadero chivo expiatorio no sea ninguno de ambos líderes sino el propio PSOE. De cumplirse los peores pronósticos respecto al aterrizaje de Iglesias en el gobierno, aunque sea por personas interpuestas, los barones socialistas aguantarán mientras las encuestas y la economía sean favorables. En cuanto gire el viento y el panorama empiece a ennegrecerse, el culpable será el que admitió ir de la mano de malas compañías. En ese momento, quien sufrirá será el PSOE que ya estuvo a punto de partirse en dos con el órdago de Sánchez contra el 'aparato' del partido.