CON RUSIA O JAPÓN NO HAY LIBRE COMERCIO

VICENTE LLADRÓ

La comisaria europea de Comercio, Cecilia Malström, ha echado mano del comodín de la bondad del libre comercio para afianzar sus razones en favor del acuerdo con Mercosur, frente a quienes arrecian en sus críticas por los perjuicios que temen sufrir en años venideros, conforme vayan aumentando las importaciones baratas que puedan arrinconar producciones europeas. Por ejemplo en cítricos.

La comisaria ha esgrimido lo del libre comercio con especial énfasis tras la reunión que tuvo con el presidente de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig, que le trasladó las quejas de los citricultores valencianos, preocupados porque la presumible avalancha de importaciones del Cono Sur puede suponer la puntilla definitiva para un sector que ya viene padeciendo la competencia creciente de infinidad de países. Competencia muchas veces desleal, ya se entiende.

La señora Malström vino a responder al señor Puig con estas dos cuestiones: el acuerdo no se toca, está cerrado y no cabe mejorarlo, y el libre comercio no ha de suponer problemas, es bueno siempre y para todos. También aprovechó para citar que España había podido salir de la crisis gracias al libre comercio, porque le permitió aumentar sus exportaciones.

Antes que nada dejaremos claro que sí, que el libre comercio es buena cosa y que sería ideal que se asentara en todo el mundo, pero todos sabemos que luego pasa lo que pasa, que no se pueden comparar sistemas y magnitudes distintas, que hay infinidad de lugares en los que se mantienen situaciones de semiesclavitud, que en sitios cercanos se paga por jornales agotadores menos de lo que se paga aquí por una hora de trabajo, que se prodiga el empleo infantil, que se emplean materias prohibidas en la UE....

Sí, es cierto que tanto Malström como el comisario de Agricultura, Phil Hogan, han dicho que no permitirán que vengan importaciones del Mercosur que no cumplan todo lo que la UE exige a los de casa. Pero en su mismo planteamiento, que suena a virtuoso, parece quedar encerrado el vicio de la trampa. Si todo fuera producido con las mismas condiciones y exigencias, ¿qué animaría a nadie a importar naranjas o melones de Sudamérica? Porque al coste de producción, que en igualdad de condiciones tendría que ser similar, habrá que añadir el transporte. Sin embargo sabemos que sumado el coste del barco y la distribución sale ventajoso importar desde tan lejos. ¿Por qué? Porque no prima el libre comercio que predican ni la suposición de que lo arreglarán todo para que se cumpla. Ara, mare.

Y recuerden que no podemos vender naranjas en Rusia por la ruptura con Bruselas, ni en Japón por sus condiciones sibilinas que la UE ignora. ¿Dónde está el libre comercio con Rusia o Japón? Y la lista de agravios es aún más larga.