LA RUINA AUTONÓMICA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Cuando dentro de muchos años los historiadores se pregunten por qué pasó lo que pasó y cómo se llegó a tal estado de degradación, seguramente no alcanzarán a entender la irresponsabilidad y la temeridad de una clase política que cegada por los intereses de partido y pendiente únicamente del corto plazo terminó arruinando el modelo de organización territorial de un país que trataba de superar el centralismo que había caracterizado a una dictadura que duró casi cuarenta años con una descentralización que se le acabó yendo de las manos. Decía ayer el candidato Ximo Puig desde la tribuna de Les Corts que la recentralización no es la solución, haciendo alarde de una incoherencia llevada al límite entre lo que se proclama tan alegremente y lo que se hace de verdad. Porque unos minutos antes de esta pomposa y vacía declaración del presidente en funciones se había acabado de concretar un reparto de consellerias, vicepresidencias, secretarias y subsecretarías, direcciones generales, agencias, organismos autónomos y empresas públicas entre los integrantes del tripartito, que como es sabido son tres pero en realidad son más de tres (dando por sentado que el PSPV-PSOE ya es sólo uno, Compromís es una coalición entre el Bloc, Iniciativa y Els Verds, mientras que Unides Podem integra también a Esquerra Unida, por lo que más que de tres estaríamos hablando de seis, lo que viene a complicar el proceso hasta el esperpento y más allá). Y de ese reparto lo que se deduce es que lo de menos es el interés de los ciudadanos o la atención a los principales problemas de la sociedad valenciana, lo verdaderamente trascendente es colmar las aspiraciones de poder de cada uno de los partidos tripartitos e incluso los personales de sus principales referentes. Es casi una burla que mientras se anuncia que el principal objetivo del nuevo (viejo) Consell va a ser luchar por mejorar la financiación estatal de la Comunitat Valenciana, se apueste por una estructura política disparatada, enloquecida, puesta al servicio de cuotas de siglas, familias y territorios y pensada para colmar -y de momento calmar- las ambiciones de los jefes y jefecillos locales. Nada distinto, por otra parte, de lo que probablemente va a pasar en otras autonomías, bien en las que gobierne la izquierda con populistas y/o nacionalistas bien en aquellas en las que se llegue a un pacto de gobierno entre los tres partidos de derechas. Así, al desenfreno que ya ha caracterizado los gobiernos autonómicos desde la década de los ochenta le añadiremos ahora los sobrecostes registrados tras tener que incrementar el organigrama de cargos para que todo el mundo esté contento. Y a esperar que una sociedad adormecida y adoctrinada con procesos de construcción nacional en cada región no diga ni pío.