Rogamos una oración por su alma

Rogamos  una oración  por su alma
txema rodríguez
MIGUEL APARICI NAVARRO

Uno de los tres primeros recuerdos de mi vida está asociado a mi muy católica madrina de Bautizo; que me cogió de los brazos de mi madre, con tres años, para llevarme a ver a mi abuelo Pepe en el ataúd. Por cierto, expuesto con amplio catafalco mortuorio y rodeado de plañideras; en la habitación de la alquería de La Punta que sería luego, durante toda la juventud, mi cuarto dormitorio.

Y no sé si esto tuvo algo que ver con mi adolescencia romántica. En que, de vuelta de clases preuniversitarias en el novísimo Instituto Sorolla de El Cabañal (al que iba y volvía andando por el puente metálico del ferrocarril sobre la desembocadura del río Turia), me quedaba alguna hora 'a estudiar' sentado en un banco del inmediato cementerio de El Grao; fresco, silencioso y hermoso como el claustro de un monasterio, antes de que la vida me llevara a visitar tantos de ellos.

Por todo eso, la muerte me ha parecido -siempre- cosa seria y hasta estética. Comprendiendo la belleza marmórea de esculturas y lápidas y el significado de las epigrafías; con frases llenas de recuerdo y cariño y con imperecederos apellidos: tantos de ellos de ilustre prosapia en vida.

En cierto periodo, dedicado a elaborar resúmenes de prensa, quedé prendado por las esquelas. En particular, dándome cuenta de que -además de en todos los diarios- «morirse en el ABC» era otra cosa. Y llegué a tener una larga colección de recortes, que despedían a personalidades de renombre; en particular, las que me servían para mi interés en los estudios de Genealogía y Nobiliaria.

Ahora, que se han puesto relativamente de moda las visitas turísticas o culturales a los cementerios (el de Valencia modernista, el de Buñol masón...) hasta me estoy parando a recopilar como Cronista Oficial de Cortes de Pallás los nombres de las familias locales; entremezclados con el de algún cura martirizado en la guerra civil y varios maquis abatidos por la Benemérita en la escondedora Muela.

Además, no hace mucho volví por el citado cementerio de El Grao; al que el circuito de Fórmula 1 no dejó descansar, en paz, durante varios años. Colaboraba en el Grupo de Historia Militar de la RACV, que lidera el catedrático Enrique de Miguel, a que se cambiara la partida lápida centenaria de los soldados fallecidos -sin llegar, por poco, a casa-, repatriados y enfermos de la guerra de Cuba. De lo que en algún sitio habrá que dejar dicho, pendiente que está el acto oficial de reinauguración lapidaria, que los fondos de la artística losa de Mármoles Aparicio de Enguera los ha sufragado (cristianamente) la Fundación Marqués de Dos Aguas.

Los muertos dan para mucho. Para descubrir un ángel de Benlliure en un camposanto al aire libre de los Pirineos o para pisar enlosados con relieve en multitud, aún, de iglesias anglosajonas. Si no para disfrutar de bellísimo arte medieval o renacentista en los arcosolios de muros de iglesias como, por ejemplo, en La Alcarria.

¿Quién no ha visto en las cajas de fotos de las madres o abuelas, entremezcladas con estampas de santos y recordatorios de comuniones, las tarjetas de borde negro conteniendo el memorial de la misa de corpore insepulto que se entregaban antaño? Excelente forma de que quedará nombre y fecha registrados en la memoria familiar o amical durante décadas.

Confieso que, en particular, me impresionan los folios (hoy de impresora) que en muchos caseríos gallegos se siguen colocando con el anuncio de la defunción y, magnífico, con foto del finado.

Pero los tiempos cambian en esto de morirse (cremaciones, tanatorios, coches...) y no tardó el pregonero (las campanas casi han 'callado' los tránsitos) en ser cambiado por la furgoneta con el altavoz: «Ha faltat Pepita la del Mercat... el funeral será...». Alejándose el vehículo sin detenerse, como sí que hacía -hierático- el recitador de la trompeta, y robándonos la mitad de la información por mor del denso tráfico.

Aunque, en esta edad transitoria, me estoy fijando mucho más en las nuevas tecnologías. Claro, en las redes sociales. En lo que conllevan de relación, comunicación, congregación, compartición... los móviles; que todos, todos, llevamos en el bolsillo o bolso.

Vengo a decirlo por la saturación de reenvíos. Que si los de Nochevieja, que si los de... pongan Ustedes el tema colectivo y masificado que deseen...

Van llegando. Coloristas, ingeniosos y repetidos (como los cromos de la niñez), sin apenas unas palabras 'añadidas'. De esfuerzo personificado. Pero, bien, al fin y al cabo una forma como otra de participar en común de una fecha, de un evento, de una noticia. Pidiendo una firma, un «me gusta» o el reenvío.

Lo que me extraña es que no me haya llegado todavía ninguno en el que, junto a la imagen o mensaje recibido, se pueda leer: «Rogamos una oración por su alma...».