Los ritos y la liturgia

MIQUEL NADAL

En cualquier ámbito, y el propio de la vida es un gran ejemplo, que para eso fuimos educados en el tiempo del cristianismo, las epifanías transmiten fortaleza. La inocencia de cualquier inicio no tiene todavía mancha alguna de pecado y aspira a ser eterna. En el primer poema que se escribe con dudas, temblando, con la euforia de las palabras que adquieren sentido, pero también en la victoria electoral, cuando el resultado de las urnas tiene el perfume de la ilusión que se ha contagiado a la mayoría, y así llueva o caigan chuzos de punta, los actos administrativos y su remisión al Diario Oficial parecen blindados al error. Después, con el tiempo, cuando se olvida la Epifanía, tiene que surgir la codificación, las reglas o la inercia que sustituyen la alegría del pasado. Esto también se puede predicar de la negociación de una nueva investidura, cuando aquel primer impulso poderoso de hace cuatro años se ha visto erosionado con el tiempo -los desencuentros de la realidad-, y donde hubo antes desprendimiento y confianza, ahora tiene que venir en su ayuda la protección de la fortaleza inicial con reglas, ritos y liturgia. Hasta cierto punto es lógico. Vivir es morir, y en el avance de la convivencia política surge al tiempo la desconfianza y el desencuentro. Lo que es inocente y puro, desprendido, no necesita papeles ni textos firmados. Las reglas surgen después, cuando son necesarias las capitulaciones. Esto se produce con mayor intensidad, cuando la percepción de los que participan en la coalición de gobierno permite edificar su agregación desde la proyección de la diferencia con el otro gran bloque ideológico. Recordaremos aquella distinción de Sartre, en su 'Baudelaire', entre el proyecto político revolucionario, y el simplemente 'revolté', el rebelde o revoltoso. El revolucionario quiere cambiar el mundo real, pero el rebelde simplemente tiene en el fondo la aspiración que es al tiempo tentación, de mantener intactos los abusos porque justifican su razón de ser. Habría para escribir mucho al respecto, pero me da que en cierto sentido, quizá es más revolucionario quien menos lo parece. Desde la distancia con los ritos y las liturgias con las que adornan su proceder los partidos, y esa retórica gastada que juega con el cómo, el cuándo o el qué, el contenido y el continente, la política se ha convertido en una gran fábrica de producción de eufemismos. Y me hace recordar aquella frase de Tocqueville en sus escritos inéditos sobre la Revolución, cuando decía que los regímenes políticos son como las religiones, en las que el culto suele sobrevivir por largo tiempo a la creencia. Con sus números romanos que aportan solemnidad y vocación de permanencia a cada Concilio le sobrevino uno posterior, y a cada Botànic le sucede uno nuevo. Hay más ritos y liturgia, nuevas firmas y siglas. La única cuestión a resolver por los protagonistas es si todavía existe creencia o solo queda el culto. La pura liturgia.