MIL REYERTAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La última vez que pisé un bar de copas para asistir al concierto de un amigo me sentí fuera de lugar y, sobre todo, incómodo. Añoraba mi sofá, mi casera zona de confort. Me apoyaba contra una pared, acudía a la barra para apalancarme, intenté sentarme sobre un taburete, probé el hombro contra un pilar. Nada. No sabía dónde acomodarme. Añoraba mi sofá. Mucho. De joven fui carne de bares y de talludo aquella situación me superaba. ¿Qué hacía allí con lo bien que se está en casa? El paso del tiempo nos desgasta de esa cruel manera, en fin. Empleé el truco del tabaco. Dijé que salía a fumar y me largué a casa disimulando. En cuanto llegué me tumbe sobre el sofá y me traspasó un inmenso gozo. Ignoro, pues, el rugido y la furia de las noches actuales, por eso tampoco sé si esas mil reyertas en seis meses en nuestra región son un exceso o lo normal. Sí recuerdo que durante mi juventud de farras y risas solía explotar al menos una pelea en cada sesión. Alguien se marchaba a su casa con la cara partida casi todas las noches. El peligro era el perfume que generaba atmósfera peliculera en determinados ambientes de bares graciosos. Esa nebulosa agresiva de tormenta eléctrica la recoge a las mil maravillas Loquillo en su libro 'Chanel, cocaína y Dom Pérignon'. Narra el cantante algunas de sus andanzas en la gran ciudad a finales de los ochenta y los que disfrutamos de aquel tiempo reconocemos las situaciones, los trances, los momentos y los desparrames que acompañaban actividades creativas y recreativas. Se practicaba un curioso funambulismo para escapar de los rayos que te podían golpear. Se pasaba miedo, yo al menos, pero lo importante, lo realmente importante, era fingir que no lo tenías. Si reflejabas el canguelo estabas perdido. Broncas siempre hubo, pero al menos no sonaba reguetón de banda sonora.