REVOLUCIÓN SILENCIOSA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Tanto para los nacionalistas como para la izquierda, la educación siempre fue primordial, la clave de todo, la garantía de futuras victorias en las urnas, la herramienta imprescindible para aplicar sus recetas a una nueva sociedad desprovista de las ataduras y los prejuicios de antaño en forma de creencias religiosas o políticas. Y por eso se dedicaron a ella en cuerpo y alma, no sólo mediante leyes reguladoras que aumentaban las posibilidades de control estatal y la carga ideológica en la enseñanza sino también por medio del cuerpo de profesores, sean los maestros de Primaria, los de instituto o los universitarios. La derecha nunca vio la trascendencia de este asunto capital y cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde. Además, el cortoplacismo de algunos gobiernos regionales en manos del PP les llevó a pactar una paz social con los docentes que en la práctica representaba un acuerdo para que siguieran haciendo lo que quisieran en las aulas y en los claustros con tal de no plantear graves problemas al Ejecutivo de turno. El poder de los profesores se evidencia con la progresiva y casi silenciosa implantación de la jornada continua en un creciente número de colegios públicos de la Comunitat, una reforma capital que afecta a los niños y a sus familias y que sin embargo ha pasado de tapadillo, sin debate, colándose por la puerta de atrás... y beneficiando a los docentes, que al final son los grandes interesados en que se apruebe.

Cataluña también es una buena prueba para constatar lo que una educación bajo control puede acabar reportando a quien hábilmente manipula el sector. En Valencia no se ha registrado una inmersión lingüística de la noche a la mañana, que de repente imponga la enseñanza en el valenciano catalanizado que se enseña en los colegios. Lo que hay es un lento pero incesante goteo, una forma como otra cualquiera de acabar llenando el cubo. Se necesita más tiempo, mucho más, pero el resultado es el mismo, sólo que el ciudadano no se da cuenta porque no hay una ruptura clara, una norma que lo cambia todo, una restructuración profunda que remueve hasta los cimientos de las escuelas. Año a año crece el número de centros en los que sólo se imparte enseñanza en valenciano, así como el de municipios de la Comunitat que únicamente ofrecen esta opción. A su vez, la Administración va poniendo más obstáculos a los colegios concertados y a las universidades privadas, siguiendo la misma táctica de pequeñas pero constantes acciones, una guerra de guerrillas mucho más eficaz que la batalla en campo abierto y con tribunales que acaban anulando las arbitrarias resoluciones de un conseller militante de la causa nacionalista. Una revolución silenciosa pero muy eficaz. Como se puede comprobar cuando hay elecciones.