Resaca de lluvia

Aún queda mucho por aprender para que, en la próxima, consigamos preservar toda vida

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

La resaca de las lluvias siempre es dura. A las víctimas, hay que añadir millones en pérdidas de enseres, vehículos, negocios y campos. Una catástrofe. Si angustiosa es la salida cercada por las aguas, desalentadora es la vuelta al fango que hay que limpiar y la normalidad que hay que recuperar como se pueda. Es lógico, pues, el desánimo en estas horas posteriores a las tormentas.

Sin embargo, rara vez tenemos fuerzas, sobre todo los afectados, para contemplar lo sucedido con la perspectiva del tiempo. Hace un par de años todos recordábamos la riada del 57 y no han faltado voces que, en estos días, han comparado las torrenteras de ahora con las últimas vividas en la comarca, hace 140 años. Cuando vemos las fotografías de la gran "riuà" en Valencia en 1957 y de la Ribera en el 82, o los grabados de 1879 en Orihuela, y las comparamos con las de los últimos días nos parece asistir a una repetición. Y es cierto. Tienen mucho en común: la fuerza del agua, la naturaleza incontrolable, el pánico en los rostros y el cansancio en quienes ayudan sin calcular horas ni fuerzas. Ahora bien, lo justo es contemplar lo que cambia: alertas a tiempo, desalojos controlados y preventivos, cuerpos de seguridad y auxilio desplazados, en una palabra, las lecciones aprendidas durante siglos y décadas en estas tierras. En el 57, 81 víctimas mortales; en la «pantanada» de Tous, 40 y en Orihuela a finales del XIX, más de mil. Sin duda, toda vida es igualmente valiosa y su pérdida, igualmente lamentable. Sean seis o sean mil, el desgarro es terrible y el llanto colectivo, inmenso, pero no podemos dejar de valorar que la actuación de bomberos, Guardia Civil, policía local, la UME, Protección Civil y todos aquellos que se han coordinado y esforzado para paliar los efectos del temporal ha conseguido reducir las cifras del dolor. El reto es lograr que esa cifra sea igual a cero, que no tengamos que lamentar, al menos, víctimas mortales. Por eso sabemos que aún queda mucho por aprender para que, en la próxima, consigamos preservar toda vida.

En países acostumbrados a la catástrofe, como Japón, se preparan edificios, protocolos, simulacros y pautas de comportamiento en caso de terremoto dada la frecuencia a la que está sometido el país nipón. En la Comunidad Valenciana deberíamos trabajar en la prevención frente a las lluvias torrenciales, desde la escuela, como hacen los escolares japoneses en relación a los seísmos. Las riadas son nuestros tsunamis. Es cierto que determinadas decisiones, como la suspensión de clases o los desalojos, fueron acertadas, pero debemos tomar nota de lo positivo y negativo de cada actuación para mejorar los sistemas de prevención. Si los expertos tienen razón y estos episodios van a ir en aumento en fuerza y presencia, por el cambio climático, uno de los mejores legados que podemos dejar a los valencianos del mañana es la sistematización de lo aprendido.