El reproche

El reproche
ANTONIO RIVERA

La pieza para la ocasión es realmente sencilla. No entraña demasiada dificultad hacer un diagnóstico de lo que ha ocurrido aquí por las noticias que tenemos y por las impresiones recibidas. De hecho, cuanta menos responsabilidad y riesgo tenía en la trama mejor explicaba cada representante de un grupo parlamentario lo ocurrido. Los comentaristas esta vez vamos claramente por detrás de los comentarios de los políticos outsider.

Se han calculado mal las fuerzas propias y ajenas, no se ha abordado la negociación con el tiempo suficiente como para prepararla en condiciones y configurar un programa de gobierno conjunto y, por eso, no había confianza en que alguno de los dos presuntos aliados no fuera a hacer un uso inadecuado de las políticas de Estado, en un caso por exceso y en el otro por defecto.

Contra Mariano Rajoy nos entendíamos mejor. La histórica desconfianza entre las izquierdas reaparece y hace imposible la única posibilidad de hacer un Gobierno. Porque no es cierto que en este país no haya tradición de Gobiernos de coalición. Buena parte de los ejecutivos autonómicos pueden mostrar decenios de esta práctica política. Pero el hecho de que en el Gobierno del Estado la costumbre general se convierta en un imposible debiera hacernos reflexionar hasta qué punto todavía nuestros políticos creen que el magro de la política está ahí y no en las comunidades autónomas (o en los municipios, por importantes que estos sean). Los comentarios en torno a la ocurrencia final de las políticas activas de empleo son ilustrativos de lo que se conoce por parte de la clase política acerca de cómo funciona la política real en un país descentralizado, y dónde siguen pensando que se encuentra la manija para cambiar las cosas.

En todo caso, una mala situación. Aunque le hayamos tomado costumbre en España y en parte de Europa a Gobiernos prorrogados y en funciones, no cabe ninguna duda de que los países se paralizan cuando no hay un Ejecutivo con capacidad para tomar decisiones. El asunto no es baladí porque la competencia entre los Estados es determinante para las políticas interiores y nuestra presencia en un organismo multinacional como la Unión Europea reporta beneficios o perjuicios dependiendo también de cuál es la fortaleza de nuestros representantes políticos ante la misma. Por otro lado, la gravedad y profundidad de algunas crisis, como la catalana, y la obligación de encarar en condiciones la nueva realidad socieconomica internacional que tenemos a la vista son argumentos de peso para considerar que lo ocurrido ayer no es un fracaso exclusivo de la clase política, sino del conjunto de la ciudadanía, al menos en lo que hace a sus repercusiones negativas.

Además, fracasaron los únicos que tenían en sus manos una alternativa de gobierno. Salvo que medien unas nuevas elecciones, las derechas no suman ninguna posible mayoría. Aún más, y resulta irónico, el extremismo de la unión de estas no ha dejado otra alternativa que la unión de unas izquierdas que a su vez lo han hecho imposible. Un trabalenguas que perfectamente define la situación.

Lo que nos queda para los siguientes días, antes de que el estío definitivamente extienda su toalla sobre la realidad, es la construcción del reproche. Habrá explicaciones cruzadas entre los dos protagonistas y quién sabe si al final alguno rompe el empate de la credulidad con una grabación de las negociaciones. Vistos los niveles de confianza y lealtad no me parece una posibilidad descabellada. Mientras no se llegue a ese recurso ignominioso todo se moverá inútilmente en la fe que cada seguidor seguirá manifestando a los suyos, sin ninguna posibilidad crítica porque no conoce la realidad de lo sucedido. La construcción del relato será en esta ocasión la construcción del reproche, porque, pase lo que pase, servirá para fortalecer o debilitar a las opciones que van a tener que volverse a presentar ante la ciudadanía a corto plazo. Alguien tendrá que cargar con la culpa, otra vieja tradición de la religión de las izquierdas. Enfrente solo prospera hierático y egipcio Pablo Casado, mientras deja a sus coaligados Rivera y Abascal entablar de espaldas el uno al otro una competición por ver quien resulta más disparatado. El culpable y perdedor está todavía en construcción, pero el ganador por puntos está claro quién ha sido. Mientras las izquierdas fracasan en casi todas las intentonas regionales o nacional de ponerse de acuerdo, las derechas lo han conseguido a pesar de tenerlo de partida todavía más difícil.

¿Qué opciones quedan ? La primera es la de ponerse a trabajar en agosto para tener hechos los deberes en septiembre cuando acaso el monarca tenga a bien volver a depositar su confianza en quien ganó las elecciones para que forme Gobierno de una vez. El problema es que se han tensado mucho las deslealtades y desconfianzas y se ha hecho demasiado calculo de riesgos ante la otra posibilidad, la de acudir de nuevo a unas elecciones. Además, el escenario postveraniego no se adivina tan tranquilo como el presente porque la sentencia del Supremo acerca de los políticos catalanes imputados, más que mover las aguas, augura todo un maremoto. Es el miedo que convirtió estos días a Gabriel Rufián en un hombre de Estado de extraordinaria mesura y disposición colaborativa. Susto o muerte, una vez más.

Quizás tengan que cambiar los dos banquillos de negociadoras y plantearse las cosas como se han hecho siempre: definiendo un programa común hasta en sus mínimos detalles y adjudicando responsabilidades personales a partir de ahí. Justo al revés de como parece que ha sido.

La otra opción loca es ir a nuevas elecciones en noviembre. En el cabreo que tendrán los perdedores todavía hoy seguro que contemplan esto como una posibilidad para la revancha particular. Pero el riesgo que entraña es sin duda extraordinario : de aquí a entonces restan muchas semanas para construir el relato del reproche de lo ocurrido, pero la factura habitualmente se le pasa al perdedor del intento. Y, más allá de cómo se distribuya esta por opciones partidarias, no parece que vaya a dar lugar a un incremento de la suma total de votos de quienes ayer fracasaron en su intento.