Y DE REPENTE UNA FOTO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

En casa de mis padres recuerdo algún que otro álbum, como el de mi bautizo, y también una caja de cartón con fotos antiguas, en blanco y negro, por supuesto, imágenes con vida propia que recogían retazos de Valencia, de Godella, de Picassent, de Moraira. Hacer fotos, entonces, no era algo corriente, no iba de suyo, como ahora, sino que requería una ceremonia, voy a coger la cámara de fotos, guardada en su funda, colgada del hombro, el carrete bien puesto, el revelado, la liturgia de recogerlas y luego pegarlas en las páginas, tal vez añadirles un comentario, dar a todo un sentido, un guión. Así lo seguimos haciendo mi mujer y yo cuando nos casamos, cuando todavía decíamos aquello de no te olvides de la cámara al salir a una excursión, o al preparar un viaje, o ante un acontecimiento señalado, pero señalado-señalado, no una paella de domingo, no el cumpleaños de la vecina de la urba que ha preparado una barbacoa y está muy ilusionada en que nos pasemos y llevemos a los niños para que jueguen con su Jonathan, que el pobrecito está muy solo. Pero luego llegaron los móviles, que primero, menuda tontería, servían para llamar y que ahora se emplean para cualquier cosa menos para hablar, que es algo que no se lleva. Y con los móviles con cámara nos hicimos todos fotógrafos, venga una foto, vamos a hacernos un selfi, foto por aquí, foto por allá, cientos de fotos, qué digo cientos, miles, decenas de miles, centenares de miles. Y ahí están, flotando en la nube digital, como esas gotas de agua que rara vez caen en Valencia, esperando a que alguien se decida a verlas, aunque nadie lo hace porque no tenemos tiempo, estamos permanentemente estresados haciendo no se sabe qué, pero siempre ocupados, sin un minuto libre para descargar imágenes, seleccionarlas, imprimirlas y pegarlas en un álbum como hacíamos en la Prehistoria, antes de internet. Pero cuando un día te decides y escarbas en carpetas del ordenador de las que ni te acordabas y te encuentras con una imagen de Mestalla, una foto de 2005 que nos sacó mi cuñado Vicente a mi hijo Carlos y a mí mientras veíamos un partido, te reconcilias con el mundo fotografía y te preguntas qué hace ahí, por qué no está con el resto de recuerdos gráficos, en ese baúl donde hay toda una vida, vacaciones, viajes, bodas, bautizos y comuniones. Y de paso obtienes la respuesta que estabas esperando a esa pregunta que de vez en cuando te asalta, en los momentos de debilidad que cada día son más, asqueado de un fútbol que ya hace mucho que no es fútbol o que al menos no es el fútbol que tú conociste, con el que creciste, el de los cromos, los botones y el Carrusel deportivo de los domingos, minuto de juego y resultado. ¿Por qué somos del Valencia? Miras la foto y te dices: por esto.

 

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