Relojes

MIQUEL NADAL

Si se puede hablar así, los de mi generación, y en el sitio del que uno venía, recibíamos el reloj Festina con la comunión, que a saber por dónde para, y vivimos un tiempo con la alergia a la correa, que venía de aquel cuento de Julio Cortázar de Cronopios y de Famas, en el que jugaba con el hecho de que en realidad, cuando te regalaban un reloj eras tú el sujeto regalado a la esclavitud de las inercias del objeto. A lo sumo pasamos por la Facultad con aquellos relojes digitales Casio que se compraban en Andorra en excursiones de la falla, del mismo estilo que aquel reloj que llevaba un profesor de Derecho Administrativo de la Facultad, de esos que se regalaban comprando dos paquetes de madalenas de la Bella Easo. Mi relación con los relojes posteriores ha sido siempre de pánico y terror a perderlos en los vestuarios, con la intuición de que en el fondo mi torpe complexión estética los hacía parecer falsos. Tengo un amigo de Oliva, Toni Savall, que convierte con su planta los falsos en auténticos. Nunca falla. Hay gente que hace lo malo bueno, y otros que ya salimos arrugados de casa. Lo mío es estrictamente al revés, y condiciona el alcance de mi percepción sobre los relojes y en general la industria del lujo. No seré yo quien practique la demagogia al respecto, pero me resulta extraño que existiendo como existen productos de la genialidad y del coleccionismo, en la pintura, en muebles antiguos, en sillas de la Bauhaus, grabados de Durero, cámaras fotográficas, una primera edición de la Enciclopedia, o ejemplares firmados por el autor, que expresan cierta elevación estética, la manera en que una persona quiera distinguirse del resto lo sea por la posesión y la exhibición de un reloj cuyo valor supera en mucho los ingresos que entran en muchas familias. Distinguirse por comprar un opúsculo de Francesc Almela y Vives, separata de Valencia Atracción, sobre el Barrio de Pescadores, por 10 euros, y en el rastro, debe ser el colmo de la vulgaridad. Pero cuando la posesión y origen de los relojes adquiridos se manifiesta en un cargo electo, y apunta a la irregularidad administrativa, el enojo supera el ámbito de la vergüenza ajena, y me lleva a pensar en todos esos coleccionistas, de material futbolístico, yo mismo respecto de algunos libros, que edifican su colección con el generoso propósito de futuro de que pasen a formar parte del patrimonio colectivo. Yo tengo una edición conjunta de El contrato social y las Consideraciones sobre el gobierno de Polonia que ha de seguir ese rastro. Por eso pienso en el escaso reconocimiento que las donaciones de mecenas como Pere Maria Orts i Bosch a la Biblioteca Valencia y al Museo de Bellas Artes San Pio V han tenido entre nosotros. Nicolau Primitiu. Francisco Javier Goerlich. El bibliófilo y escritor Rafael Solaz. Todos devolvieron a la sociedad. Nadie los vería con un reloj de 20.000 euros.